martes, 22 de abril de 2014

¿Qué fue de Jesús en el siglo XXI? Reflexiones de un lunes de pascua.


             Adentrándome en las profundidades de mí misma, leyendo, meditando... Busco la renovación en una semana mística, eclosión de  una nueva estación, con brotes de esperanza que surgen del armazón de los árboles desnudos de invierno.  Mítica esa luz, la que todos perseguimos y que al llegar el equinoccio de marzo nos ciega, por deslumbrar demasiado. Andamos perdidos, encandilados aún por las necesidades vacuas, por los deseos que ansiamos cumplir. Huimos unos días de la rutina,  del agobio, de las prisas, de nosotros mismos, intentando hallarnos al contemplar la cima de una montaña nívea, o  al perder la mirada en la línea divisoria entre el mar y la cúpula celeste.



            Ayer, sientes un impulso te hace bajar tres paradas antes de la tuya, desafiando a la casualidad, para encontrarte con una mirada oculta tras unos cristales oscuros. Hoy sientes miedo. Aún tememos a lo desconocido. El futuro es un misterio que no acertamos a comprender que en ocasiones nos hace caminar admirando esa fe que, a pesar de tener diferentes versiones y credos,  pretendemos sentir en lo más profundo del corazón. Creer, creer… Creer que creyendo nos convertiremos en mejores seres humanos. El movimiento se demuestra andando. Rezar, suplicar que el destino nos sea favorable y que no haga sufrir a nuestros seres queridos. Pero hay cosas que son inevitables, como el paso del tiempo.

            Algo tiene la Semana Santa que me ha hecho volver a pulsar las teclas de la inspiración. Huelo a cera derretida, a incienso mezclado con aroma de alhelí,  a miel de pétalos de almendro. A muerte y resurrección. A vida aderezada con pasión y dolor. Huelo a perfume de exaltación del respeto y  la moderación. Huelo a diversidad de ánimas perdidas en el desierto de las multitudes.

            Y me quedan, en este lunes de pascua, pinceladas y retazos percibidos por la alerta de mis sentidos: nazarenos brotando entre la hierba, purple rain de prunos sobre el asfalto, zumbidos de avispas atrapadas entre el techo y el entarimado. Agua bendita cayendo por tu cabecita que huele a vida recién estrenada, unas santas inertes que nos consuelan desde lo alto, una avispa que pasa a mejor vida con la extrema unción del Libro de los Salmos.

            La luz entra tamizada por los ventanales. Se escucha la sonrisa, ya ni oímos el llanto cuando tropezamos contra el muro de las lamentaciones. ¿Deseos disfrazados de necesidades? Los escalones nivelan a varias generaciones. Las instantáneas nos dejan recuerdos para el mañana. La primavera brotando en los cerezos. Los almendros siguen perfumando con gotas de miel y rocío los entornos de mis recuerdos.

            Un grupo de niños, sangre de mi sangre, danzan alegres en la verde pradera de sus sueños. ¿Qué les depara el futuro? Un primer plano de mi destino bajo el peral florido y al fondo, mis retoños espigados. Una rama de peras en flor de tu mano y bajamos después el camino entre hileras de pinos y  álamos. Un día emotivo entre gente que amo. Unas horas que pasan demasiado rápido a la vez que se vuelven inolvidables, entre el viernes de Dolores y el domingo de ramos.



            Unos chavales procesionan en miniatura con sonidos de campanas de barro. Un guitarrista flamenco toca de oído todas las peticiones. Un romance anónimo. Una mirada de complacencia materna. Un quisiera detener el paso del tiempo esta noche. Una entrada triunfal de Jesús entre palmas, en un pueblo andaluz que hoy con su fe, emula a Jerusalén. Estreno un nuevo día.

            Y al comenzar la semana todos andan pidiendo escaleras para subir a la cruz en esta primavera del desidio. El gobierno pide ayuda al Cristo de los Desamparados  para salir de la crisis. ¡Qué Dios nos ampare!  Chirridos de los neumáticos tras embadurnarse de cera derretida que se estrelló contra el asfalto. Calles repletas de gente: gente que busca apoyo moral, económico, gente que derrocha apariencia, gente que regala egoísmo. Gente que se da golpes en el pecho con la mano abierta, gente que cierra el puño al desprendimiento. Gente auténtica, honesta. Gente de punta en blanco, gente pidiendo en el suelo. Gente que quiere salir del atolladero. Gente.

            Los medios de comunicación tergiversan la realidad. Hubo varias marchas por la dignidad. El futuro es indigno para los que no supieron arrimarse a la sombra del árbol que más cobija. Luces y sombras en el cielo y en la cristiandad. Pinto con mis palabras pinceladas de conciencia. No puedo cantar ni quiero, Machado, a ese Cristo del madero, sino al que anduvo en la mar.

            Si Jesús viviera hoy sería un indignado más. Se asombraría al ver que ahora le llevan en volandas los descendientes de los que antes de ayer le crucificaron. Se despojaría, sin duda alguna, de todos los sambenitos y las riquezas  que le han colgado, para repartirlo todo entre los más desfavorecidos. Caminaría sobre el mar para interponerse entre las vidas y el juego de hundir a nuestros hermanos. A los gobernantes les recordaría las palabras que un día dijeron sus labios, recogidas en el Evangelio según San Mateo: “El que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo el hijo del hombre no vino para que le sirvan sino para servir.” Desfallecería al comprobar que ni su palabra, ni el transcurso de más de dos mil años, han conseguido salvarnos. Sólo los pobres de espíritu hallarán el Reino de los Cielos. Cada vez hay más culpables libres, más inocentes condenados. Perdónalos Señor, aunque saben lo que hacen.

            Una silla transporta un nonagenario con ganas de vida, aunque hay instantes que no se siente ni de aquí ni de allá. Han recortado las ayudas para la dependencia. A veces cruzamos al otro barrio, pero por ahora, somos de los que volvemos. Cada día hay más jóvenes que han perdido la fe en sus mayores. Contemplamos unas manolas cuyo calvario son sus tacones. Una banda de música sudando su luto, en un día que podría disfrazarse de junio. Los costaleros se hacen selfies para la red social.  Un plenilunio de miércoles santo alumbra el Paseo de los Tristes al paso del Cristo de los Gitanos. Una mujer con mantilla ahoga las penas a este lado de la barra del bar. Una carrera hacia el Sacromonte, evitando la marabunta, nos lleva exhaustos a la puerta de la cueva de la Canastera. La amistad nos espera en lo más alto. Risas, fiesta de la pasión, vida. La noche huele a lilas, a incienso y al reflejo de la luna llena sobre la Alhambra en primavera. También a barbacoa en tiempo de cuaresma.




            La venta del Gallo guarda la voz de una saeta que se derrama al paso del cristo. Los gitanos sienten, aman, cantan, rezan... Viven y mantienen su sangre siempre a punto de hervir con el fuego del arte. El tiempo se para unos minutos, apenas se escuchan los latidos de la pasión. Las lágrimas brotan como efluvio de pétalos. Me emociono. La imagen de cristo crucificado con la Alhambra al fondo entre miles de personas, me hace creer que cada vez estamos más faltos de amor. Las miradas imploran al cielo. Hay gente descalza, hay bengalas, hay hogueras, hay renovaciones de almas, hay duelo...

            Es sábado santo. Más allá de la oscuridad resuenan los tambores que elevan a Santa María hacia la Alhambra. La música nos guía. Los cirios se intercalan con los teléfonos móviles. Una madre con un puñal clavado en el pecho atraviesa la Puerta del Vino. Los ojos del hijo, sin vida, entreabiertos.  Los capirotes morados apuntan al cielo nublado. Hoy, la penitencia de la luna, es menguar tras los tonos de grises. Procesión de almas que bajo su túnica ocultan rencores, envidias y anhelos de posesiones mientras sueñan en un sábado de gloria  convertirse en mejores. Personas en procesión. 



            Domingo de resurrección. La virgen cambia de color su manto. Se renueva el espíritu, brotan nuevas hojas del alma caduca. Pretendemos ser discípulos, pero tal vez continuaremos siendo los mismos tras este paréntesis de reflexión. Cuesta tanto el cambio si no nos enseñan a reciclarnos a diario, si no lo pretendemos en serio. Pero el cielo no espera en el juicio final. Archivamos la banda sonora de Ben Hur, aquella de romanos que tú, padre, hiciste grabar en la joya de mi recuerdo. Y nos disponemos a afrontar una nueva semana sin adjetivo, buscando nuevos gurús entre la gente corriente, maestros que tal vez tomaron el testigo de aquel iluminado que fue aquel Maestro de Maestros enviado en misión divina, cuyas enseñanzas un día sí y otro también, olvidamos. Y como Pedro, negamos la evidencia, que nos haría conseguir la paz interior y posteriormente, la eterna.

           Se llamaba Jesús y, a pesar de todo, creía en los hombres.