miércoles, 19 de diciembre de 2012

NEBLINA A LA VISTA. NAVIDAD, SIN BLANCA.


            Una mañana nueva por estrenar. Una neblina espesa oculta la ciudad. Se despide el otoño con noches que ganan la partida a los días: se acerca la Navidad.  Una silueta recortada en grises enmarca Granada, Muley Hacén descansa en la cima ¿se atreverá el sol a asomar? Otra vez me he dejado olvidada la cámara de inmortalizar sobre la estantería... Despiste el mío con ese paisaje esperándome al alba.

            Recorto rotondas, esquivo el acero: el Circo del Arte ha sido violado por las perforadoras. Recuerdo  aquel día en que me uní a su causa de supervivencia en las Pasiegas, los titiriteros y los payasos reivindicaban su continuidad... y yo, rodeada de mis niñas disfrazadas con una  nariz bermellón y peluca blue, me lo olía. En estos tiempos cambiamos el arte por el economato... ¿dónde está la opción de "no me gusta”?

            En el Beiro me espera la Joya de la Corona, los documentos escritos para pervivir por los siglos de los siglos y otros más tediosos y rutinarios: papeleos de a diario. Pasan una y otra vez por mi manos, los guardo en carpetas ordenados (siempre he sido una maniática de la sistematización). Una promoción que no llega, unas leyes que se cambian al antojo del mejor postor. Un ciprés ha ardido junto a la fachada  del archivo: un atentado a la naturaleza y al patrimonio documental. No encuentro valores en derredor, muchos padres no los transmiten en los hogares. En los colegios, sufre un recorte la educación.

             La niebla me vuelve a nublar los ojos, se acerca el invierno, la estación que más nos aleja del sol. La psicología me espera en las calles: sobre los acordes de un acordeón, una mirada añil de agradecimiento; un juego de cartas de dos en la acera, regado por un litro de cerveza situado frente a una caja con pocas monedas. Ellos nunca llegan tarde. Hoy de nuevo la gente se echa a la calle, cada día un gremio: le ha tocado el turno a los investigadores. No podemos recortar también en investigación, sin ella no hay avance que valga en esta sociedad anclada en la mediocridad. No debemos permitir la fuga de nuestros mejores cerebros y consentir que siga al mando más de un descerebrado: no aguanto por mucho más tiempo esta situación. Ayer miré algunos "Españoles por el mundo", concretamente en la capital de Suiza: Berna. Caminaban por bonitas calles cuidadas y limpias y se bañaban en ríos, accesibles al baño público, sin colchones ni somieres oxidados, sin señales de tráfico de sentido prohibido en su cauce ¿acaso los patos necesitan que se les modere la circulación por el Genil? Carriles habilitados para las bicicletas, transportes públicos en los que no se invade tu espacio vital, ciudadanos que no son amigos de lo ajeno… Aquí, en estas coordenadas en las que me hallo, la realidad de otras ciudades europeas me parece un mundo de fantasía inalcanzable: ¿es tan difícil importar algo del sentido común de la vieja Europa? Dejemos de imitar sólo lo malo, comencemos a educar a los niños, multemos a los mayores que no cuidan ni respetan el mobiliario urbano. Demos ejemplo desde los más altos estamentos. ¿Acaso aquí se elaboran las leyes por el placer de incumplirlas? Estoy segura de que sí: últimamente la picaresca se ha instalado en los telediarios.

            Un grupo de niñas muere al estallar una mina antipersonas. Otros veintitantos fallecen tras los disparos dementes de  un adolescente que debiera haber sido tratado por profesionales de la salud mental, que por desgracia, al ser privada, es más inaccesible para él que un juguete mortal. Familias que se arman hasta los dientes en países que están en guerra hasta consigo mismos. Párvulos que mueren abrazados mientras sus retinas reflejan el miedo y el brillo de un arma que irrumpe en un baño escolar. Una joven maestra de inolvidables ojos claros, se convierte en heroína al permanecer sola ante el peligro, tras enviar a sus alumnos al gimnasio. Salva muchas vidas recién comenzadas, la suya termina con sordos disparos. Frases incoherentes en el noticiario: "si los profesores portasen un arma, no habría sucedido..." ¿Acaso estoy soñando? Es la peor novela de ficción que habría imaginado...

           Sigo caminando, tengo los pies en el suelo. Anoche me encontraba en una estancia rodeada de velas multicolores y paredes cubiertas por brillantes sedas de vivos tonos. Bajo mis pies descalzos, un suelo alfombrado, suave al tacto. En el aire, flotaba una esencia que me embriagaba el alma... Sonaba a lo lejos un sitar, mientras asombrada miraba mi original vestimenta oriental. Las flores perfumaban recónditos rincones, las luces tamizadas por largas cortinas, se insinuaban con llameantes sombras, la meditación ralentizaba mi respiración. Mis sentidos se agudizaban: los olores se mezclaban con la música de los abrazos, los besos se eternizaban. De repente el sitar comenzó a sonar de manera distinta, con odiosos pitidos repetitivos que no parecían emerger de sus cuerdas. ¡Maldición, suena un despertador! Quiero recuperar ese sueño... ¡oh, no! Ha muerto el rey del sitar, y ahora suena la hora de la vuelta a la realidad.

          Y otra vez vuelvo al inicio: Una mañana nueva por estrenar... ¡pero si a mí me parece la misma de ayer! El acero, el asfalto, las calles llenas de indignación, las compras de esta Navidad sin blanca... Quiero volver a perderme en un sueño, de calles floridas e inmaculadas, con intersecciones de miradas y sonrisas satisfechas, llenas de gentes ocupadas, de niños con brillo en la mirada, de alegres juegos inquietos, vidas que están bajo nuestra custodia. Parques repletos de árboles que aportan tonos verdes al paisaje, de ruiseñores que cantan, de bosques frondosos agradecidos por no albergar pavesas incendiarias. ¿Acaso pido algo imposible, algo inalcanzable? Estoy segura de que no, sólo hay una cosa que no tiene remedio, todos lo sabemos. Siempre es posible un mundo mejor. No quiero imaginar como Lennon, no quiero soñar: quiero vivir en la realidad, en otra realidad. Yo aportaré uno de los granitos de arena que forme la duna que el viento desplaza en la playa... ¡aporta tú el tuyo y no la dejemos fosilizar!

       Mientras tanto, tu lectura pausada es Eolo que mueve mi vela, tu abrazo,  el mejor aliento y consuelo, tu sonrisa siempre me curará los desgarros del alma. A todos, los que me leéis,  los que no; los que conozco personalmente o en mental conexión, a todos, siempre lo mejor. ¡Feliz Navidad!

viernes, 30 de noviembre de 2012

"Un rayo de Sol, una clave de Fa"


   Recordé en Santa Cecilia como fue mi encuentro con ella, según mis padres me contaron: comenzando a mover con gracia las manos al son de la  música de los telediarios (no la bailaba, no). Regresé al pasado por los senderos mágicos de la imaginación y escuché las nanas interpretadas por la dulce y juvenil voz de mi  madre. Intenté retrotraerme a un ayer aún más lejano para iniciar este relato y me sentí acunada por un denso líquido de vida, mientras en el exterior sonaban canciones de finales de los sesenta amenizando un guateque. La audición intrauterina de aquellas melodías sonoras quedó grabada permanentemente en el disco duro de mi memoria y a veces la aguja las selecciona al azar para que suenen en el presente, como hacían las fantásticas gramolas instaladas en  mi niñez que una moneda, acuñada en pesetas, accionaba en  bares frecuentados junto a mis primeras amistades.

   Descubrí un rayo de sol, lo entoné y seguí en esa línea: creo que desde entonces no he dejado de perseguirle diariamente porque su luz me energiza. También recuerdo el intento por parte de mi padre de enseñarme a solfear, marcando el compás de las notas y de mis primeros pasos por la vida. Y en la lejanía diviso un clarinete olvidado en un bureau, un órgano electrónico esperando en el descansillo despertar con una caricia, una bandurria que iba de mano en mano y que encontró amistades en una rondalla infantil. Yo formaba parte de un quinteto con buen oído, sobre todo del hermano que me seguía: ¡cómo admiraba su capacidad de reproducir al instante la melodía sugerida! Quizás con dedicación, otro gallo habría cantado... Ahora recuerdo una azotea soleada, flanqueada por tejados, chimeneas y paisajes dibujados en la sierra en cuyo regazo se asienta mi pueblo, la misma que le priva, con su recortado perfil, de más horas de luz. Allí me solía apostar con un tocho de apuntes (en tiempo estival con un libro) y un radiocasette de doble pletina que grababa canciones radiadas por emisoras locales que en mi elevado retiro sintonizaba con más nitidez. Mis preocupaciones en esos años no eran otras que los estudios de bachiller, el afianzar antiguas y encontrar nuevas amistades, descubrir emociones y sensaciones, compaginar lecturas y películas con el seguimiento de las modas y el esquivar o mantener cruces de miradas de incipientes amores. También ocupaban mis horas la colaboración en casa, la complicidad de los juegos reunidos de hermanos, la ayuda en la crianza de mis muñecas de verdad, con las que reía a diario. En definitiva vivir y dejarme llevar por el cauce del río, que discurría entonces pausado y unido al descubrimiento de nuevas canciones, de bailes en Alaska, donde encontraba cabinas de discoteca en las que me colaba con invitación cómplice del pinchadiscos, para admirar brillantes portadas de vinilos y cócteles efímeros de canciones. No era entonces más que una muñeca de cristal esperando un muñeco de ficción.

   Desperté de aquellos maravillosos años, cuando una España con camisa blanca se desperezaba de un largo letargo,  al alba sangrienta, que dejaba tras de sí miles de buitres alados y  casi cuarenta años al carasol más sombrío. Fui una alumna clown tras el muro de las representaciones de Pink Floyd;  también di mi toque personal en aquel collage del rock que adornaba la pared del fondo de mi clase de segundo. Más tarde me convertí en la chica de ayer en aquellas noches ilegales universitarias, en las que agotados de esperar el fin, saltábamos las vallas y las horas para ver la estatua del jardín botánico: peor para el sol... Noches de rabia y juventud, que quedaron aparcadas en un blues que a veces era el de la soledad. Recuerdo aquellas escuelas de calor en terrazas de verano, donde las miradas se cruzaban con los haces de luna y donde bronceadas pieles destacaban sobre blancos realzados por luces ultravioleta que iluminaban también inocentes y pícaras sonrisas.

   Y un día él me dijo que veía mi casa desde su balcón, chimeneas y mi ropa al sol, y que nada sabía tan dulce como mi boca... Ese día comencé a señalar mi territorio y a dejar dentro a los amigos que me recuerdan que no estoy sola. Ahí comenzó la historia de un amor, que al tiempo dio sus frutos, porque ahora recuerdo como si fuera ayer, cuando las canciones de Enya primero y las notas del saxofón de Kenny G, dos años después, se fusionaban con la percusión de mis latidos hasta llegar a los tiernos oídos de quienes entonces dormían acunados en mi vientre... ¡Qué derroche de amor! No sabría hallar una etapa de mi vida que no vaya unida a algún estilo de Música: sesentera, nanas, boleros, pop, tecno, rock, de nuevo nanas, infantil, instrumental, clásica, folk, country, latina, blues, swing..., ni podría decir a ciencia cierta en qué momento me encandilé con ella (creo que en todo momento ha marcado el ritmo de mis días). Lo cierto es que una mañana me sorprendí persiguiendo sus acordes porque encarnaban la alegría y la improvisación, todo por huir de la rutina y de las obligaciones impuestas por la vida al madurar. Quise acaparar su directo, inspirar sus movimientos, bailar su ritmos, llenar de palabras sus silencios, recostarme entre los renglones equidistantes de sus pentagramas... Ilusa de mí: la Música es un espíritu libre, se deja querer y admirar por todos y todas. No pertenece a nada ni a nadie, habita en las nubes y se despierta con las luces de cada amanecer. Es entonces cuando suena en las gotas de rocío que se deslizan por los pétalos de las rosas, en el repiqueteo alegre de las campanillas, en el trino de los ruiseñores, en los acordes que marca el viento al enredarse en las ramas, haciendo bailar hasta a las mustias hojas caducas. La Música muy pocas veces se enfada con el mundo, pero cuando lo hace se esconde tras las más tenebrosas nubes y reaparece con la voz grave del trueno, y tras la tormenta, surge calmada, en las notas que marcan los regueros de lluvia que caen sobre xilófonos de acero alineados sobre el asfalto. Baja a la vega entonando la canción del deshielo, vuela sumergida en las gotas sonoras de la evaporación... A veces la percibo escondida en el pestañeo de una mirada que admira un atardecer. Casi siempre aparece suspendida en las cuerdas de tu voz.

   Y vuelve a hacerse notar, sinuosa, en los murmullos del viento tras los enrejados, en el primerizo encuentro de los amantes, en el batir de alas de las mariposas que escapan policromadas del arco iris, la escucho en el tintineo de algunas de ellas, al estamparse contra estómagos de cristal de los recién enamorados. Y en la noche, también la he escuchado en la melodía que entonan los cantos rodados al ser abandonados por el mar, mientras la luna, danza oronda emergiendo de la oscuridad al compás de las mareas.

   La Música interfiere en mi ánimo: me ha hecho reír, cantar, también llorar de emoción. No puedo transmitirle mi  humano sentir, porque ella camina entre dioses, no puedo ni debo tatuarle el corazón. Tampoco pretendo encerrarla en mi particular caja: sólo puedo invitar a los instrumentos por la que ella entra en mi casa. Por eso hoy: un piano preside mi salón, una clave de sol mi jardín, un pentagrama adorna un esbelto y juvenil cuello, un timbal yace arrinconado soñando con el toque de unas manos infantiles, unas partituras esperan en un atril ser interpretadas, un bajo permanece quieto, expectante al ensayo de un Adonis, vigilado atentamente por la mirada celosa de una guitarra eléctrica, mientras una española descansa lánguida en la cúspide de una librería. Unas maracas marcan los ritmos latinos de una pareja enredada, una pandereta tallada en madera evoca cantos de navidades pasadas, una armónica espera el roce de unos labios, un par de castañuelas duermen en un cajón, recordándome que un día las hice repiquetear alegremente, mientras danzaba al estilo tradicional de una villa andaluza repoblada por navarros; una flauta dulce, un beso amargo...
   A veces la música de los sueños se alterna con días en los que tienes que echar una cuerda al pozo del alma para rescatar la alegría, días en los que permaneces en el ángulo muerto, no quieres mirar a los ojos de la gente, porque dan miedo, porque te mienten... Días en los que quisieras gritar Help!!! porque verdaderamente es el final de la cuenta atrás de Europe. Días en los que el reloj se niega a marca las horas, la incertidumbre te hace dar pasos inciertos, la calma es sumisa. Pero entonces ella se percata de tu tristeza y vuelve a abrazarte hasta abrigarte, endurecerte y a la vez enternecerte el alma. Y aquí llega el Sol, que junto a ella te conduce cada martes al compás de unas caderas que te hacen refugiar en una danza y un embrujo nazarí, que según Lara aún conservamos las granadinas en la mirada. O piano, piano: te invita a escuchar sus notas interpretadas por la bella que un día durmió en tu vientre, te anima, en otro momento, con el rock de quien aún se relaja evocando susurros de Enya. Otras veces, sutilmente, te ofrece sus directos en salas que rebosan arte y musicalité.

  Esta es la historia de un platónico amor, porque aunque en ocasiones mis manos han intentado interpretar su lenguaje, en esta etapa vital siempre este logro escapa a mi entendimiento, sólo me queda compartir mi pasión, sentir y dejarme llevar... Aún así este encuentro nunca habitará donde lo hace el olvido, porque sus compases marcarán mi respiro, sus tonos iluminarán la senda de mi destino, sus silencios la inspiración de mis sueños, mis letras se fundirán con sus acordes creando textos musicalizados, sus besos volados dormirán para siempre en mis versos... Será por siempre mi Musa, porque no consigo entender una vida sin la Música, porque ella es la banda sonora que da color a la película de mis días.

                     


domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Cómo están ustedes? Bien, pero algo tristes, Miliki.


             Llueve, llueve en Granada. No han parado de caer lágrimas de nubes este fin de semana otoñal, y como todo, si no llega con moderación y a pequeñas dosis, provoca empacho en el ánimo y encharcamiento de agua que ya hasta ni los aljibes tragan. Más que lluvia, han sido trombas las que, con su empeño en inundar nuestros planes, los trastocan y entonces decides quedarte en casa, tras las cortinas de lluvia que caen de los tejados, en lugar de aventurarte a navegar en el río que hoy debe ser la parcheada A92.

            El tiempo en gris invita a la lectura, a la reflexión y al cine, y todo en  este par de días evocaba mis primeros recuerdos. Y la penúltima tarde la pasé con Teresa, mi hijo ensayando en la ribera del pantano Cubillas, Ángel mirando tenis y mi hija al piano, con intervalos que me hacían trasladarme desde la Barcelona de los cincuenta de Marsé, hasta conseguir elevarme a tres metros sobre el cielo y tener la obra de Federico Moccia, justo delante de mis ojos.

-          Léetelo mamá, ¡no lees nunca lo que te digo!... ¿recuerdas que vimos en el cine la peli?

-          No me gusta llevar más de un libro a la vez, no consigo infiltrarme en la trama… (aunque la verdad no sabe que llevo a la par una historia de los Reyes Católicos en la Alhambra, que más que novela es una tesis… uffff) Será el siguiente que lea. ¡Por favor! No insistas tanto.

            Y en la noche, una película española “Vida y color”, consiguió que viese reflejada mi infancia “and seventies experiences” en cada fotograma, y aunque las chicas al leerme no se lo crean, ayer fue la primera vez que vi actuar al guapo Miguel Ángel Silvestre. Y en otra escena, precisamente anoche, en aquel televisor en blanco y negro, de grandes botones que nunca imaginaron ser accionados por control remoto, engullidos por un delgado plasma, contemplé de nuevo a los payasos de la tele y otra vez se apareció dibujada la sonrisa de la inocencia en mi cara.  

            Casualmente ha sido esta mañana, al despertar y encender la radio de manera autómata, como hago cada día, cuando he escuchado la noticia de que Miliki, con su gorra y su nariz de payaso, ha decidido cambiar la carpa de la ilusión y plantarla en el cielo. ¡Oh no, Miliki! Hoy no puedo contestarte ¡¡¡¡¡Bieeeeennn!!!!!! a tu pregunta, ni yo ni todos los niños que reímos con tus ocurrencias y las de tus hermanos en aquellas tardes de sábado en las que tu circo no solamente ofrecía su función para los pequeños de Madrid, sino que, por algún truco que nuestra natural curiosidad no acertaba a interceptar, se colaba también en nuestras casas, no importa la distancia que nos separara de la capital. Miliki, tú no eras un payaso más, eras un artista como la copa de un pino, dentro de una ancestral saga familiar circense que nunca creyó que el dedicarse a la farándula fuese asunto de necios ¡qué poca inteligencia emocional la de aquellos que dividían a los alumnos en filas para encauzar sus profesiones siguiendo la vereda de la supuesta intelectualidad, o la senda, de peor categoría (según ellos), de la formación profesional! ¿Dónde estaba el camino de los que eligen de profesión el ofrecer su don artístico a los demás para endulzar el tedioso sendero de lo legalmente establecido? Afortunadamente tú encontraste aquella bifurcación, la que la mayoría de padres deciden ocultar, parapetados en placas ilustres de licenciados, que podrán mostrar orgullosos en los portales de la apariencia.

            Nunca te dije que eras mi payaso favorito y no lo digo hoy por ser hoy el día de tu despedida, sino porque es pura verdad. Gaby, con su saxo: el payaso elegante; Fofó, con su natural gracia y simpatía, me inspiraba ternura y tú, familiaridad y empatía. Supe vislumbrar desde el principio tu faceta polifacética, aquella que deja tras tu puesta en escena, horas y horas de trabajo aderezadas con chispas de imaginación y de inteligencia. Recibí con alegría la dedicatoria de tu disco “A mis niños de 30 años”, edad que justamente estrenaba cuando el siglo XX tocaba a su fin y que a diez días de mi cumpleaños, me hizo ser madre por segunda vez. Y en casa  sonaron y sonaron tus canciones en fiestas infantiles y también a modo de retentiva de conocimientos de  primaria, que tú conseguías de manera divertida: las mates (las tablas), las medidas, los nombres de los planetas… Mi hijos crecieron escuchándote y valorando tus enseñanzas, porque nunca menosprecié ni tus cualidades artísticas o circenses, ni las que afloraban con los años en mis pequeños… ¡Ay, cabezas de alcornoque aquellos que no quieran ver que todos no podemos ser ni médicos, ni abogados, ni políticos, ni banqueros, ni funcionarios... en este mundo que poco a poco hemos vuelto del revés!

            Miliki, hoy todos los niños, también los de veinte, treinta, cuarenta y demás, estamos más tristes porque no vamos a escuchar de tu boca: ¡¡FE-NO-ME-NAL!!!! Pero también más contentos, porque tenemos menos miedo de vivir algún día a tres metros sobre el cielo. Ya hemos descubierto quienes escriben los sueños y sabemos que el truco de los payasos de la tele era decir adiós un día para, por arte de magia: ¡Había una vez un circo instalado sobre la nube más consistente, esponjosa y blanca que podamos imaginar, dónde la alegría nunca anochece, el sol es el foco más potente que ilumina el escenario y la luna es una sonrisa abierta en cuarto creciente, que alegra siempre el corazón!

            Hoy te doy las gracias. Gracias por hacerme navegar por la vida en una cáscara de nuez, para lejos llevar, gotitas doradas de miel… Porque navegar sin temor en el mar es lo mejor y si viene negra tempestad: ¡reír, y remar y cantar…! Navegar sin temor, en el mar es lo mejor y si el cielo está muy azul: el barquito va contento, por los mares lejanos del sur… ¡Hasta siempre, Miliki!

lunes, 23 de abril de 2012

Un libro y una flor...

Querido amigo:

Hace años que nos conocemos, tantos que mis primeras palabras se echaron un pulso con la lectura de tus páginas. Has estado siempre ahí, nunca me has defraudado. Me has hecho reír, llorar, sentir, cantar, viajar en el tiempo. A través de la historia, también hacia mis adentros…

Me he emocionado contigo. He conocido lugares paradisíacos, que jamás había visionado en mi memoria viajera. Me has hecho enamorarme de los días soleados, de la gente, de los elfos. Me has rescatado de las sombras, convirtiendo los días lluviosos en tiempos perfectos.

No me pidas jamás que camine sola, ya no se hacerlo: necesito siempre de tu ejemplar abierto. Te has convertido en mi aliento, mi diario alimento.
Y hoy 23 de abril, sueño con el día en que tus líneas reflejen mis pensamientos, el corazón de tu portada lleve mi nombre impreso y tus renglones sean los de mi vida, derechos. Y hoy, en tu día, pienso en seguir compartiendo este efímero tiempo, para comprobar en la despedida, que ya nunca seré la misma, que mi alma engrandeciste al cerrar la tapa en piel de aquel encuentro…

Y te pido, que nunca dejes de cruzarte en las esquinas de mi vida: yo te rescataré del olvido de aquella fría estantería, tú me evadirás siempre de la superflua monotonía…


Ana Lourdes Rosillo. 23 de abril de 2012

martes, 24 de enero de 2012

PARA AURORA: LA ABUELA DE MIS HIJOS (1921-2012)

 

   Dicen que nadie se cruza en nuestro camino por azar, que todo está escrito en las delgadas líneas del destino. También dicen que cuando alguien con quien has compartido se va, se lleva algo de nosotros consigo, a su vez parte de esa persona queda en nuestro carácter, marcándonos en cierta manera.
Aurora llegó al mundo un caluroso día del mes de julio, recién comenzada la década de los años veinte. Abrió los ojos a la vida en su siempre querida Puebla de Don Fadrique, el pueblo con más señorío de la provincia de Granada. Su sino fue vivir en tiempos difíciles, de cambios: una restauración borbónica, la segunda república, una guerra, una dictadura, una posguerra y las miserias vitales que ello conlleva. Su lucha por la supervivencia diaria caminó siempre unida al papel encasillado de la mujer de aquella época, tan distinto al actual. Su carácter, fuerte por naturaleza, se fue endureciendo al intentar superar las trabas del día a día. A la vez su fortaleza fue en aumento, haciéndola salir airosa de cada situación.

   Si visualizo su juventud escucho sin duda el tango La Comparsita, acordes musicales emanando de un dorado y destemplado gramófono: ella me confesó que fue la banda sonora de su vida. Y la veo bailando entre jóvenes, inmersa en alegres tardes de guateque. Tardes añoradas de amigos, de amores, de bailes a media luz, de sueños, de cuándo llegará el día que me quieras... y me lo digas, con la voz de Carlos Gardel impregnando la estancia.

   En su primavera tardía, la tarea primordial fue cuidar de sus padres, por lo que aplazó el formar una familia propia, en pos de la entrega a su cuidado. Habiendo llamado el amor a la puerta de su casa, ya en la madurez, el 7 de mayo de 1961, contrajo nupcias y compartió las tareas del hogar, ahora con temporadas de arduo trabajo en el campo, ahora con la atención de sus ascendientes, esposo y retoños. Con el más pequeño de ellos comparto mis días,  y viendo el hombre cabal en el que se ha convertido, no me cabe duda de su buen hacer como madre y educadora.

   Y de ella hoy queda con nosotros su recuerdo, su forma de adaptarse a cada situación y a cada momento, su carácter luchador, su cariño hacia toda su familia, su defensa de los suyos... Los suyos, su hermana, sobrinos, primos, sus hijos y nietos que mantendrán viva su imagen, en el físico y en el carácter, porque parte de ella corre por sus venas. Y deja un esposo entregado en vida a su compaña y cuidado, un buen hombre, noble, íntegro... cincuenta años de convivencia no es poco. Como persona tenaz que ha sido, se ha aferrado a la vida hasta el último momento, sin dejar en ocasiones de esbozar una sonrisa, aún percibiendo claramente su inevitable ocaso corporal, siempre queriendo continuar el trayecto que le hacía compartir este tren de la vida con los suyos, en la casa del pueblo que la vio nacer, donde siempre habitó y en la que ha exhalado su último suspiro.

   En su cuidado ha tenido diariamente la infatigable asistencia de sus familiares más allegados y cercanos, de entregadas cuidadoras: siempre le gustó sentirse acompañada. Fueron muchas las personas que vinieron a su casa, ofreciendo su apoyo: sus primas, su cuñada, amigas, vecinos... Todo el personal sanitario que se ha desplazado. También la han asistido sus consejeros espirituales: las hermanas y el párroco de la villa; pues siendo ella creyente, sus visitas la han alegrado siempre, al llevar hasta su casa la figura de Dios. Mil gracias a todos por ser su bastión, mi enorme agradecimiento para con vosotros.

   Sí Aurora, queda con nosotros lo que nos has transmitido, las vivencias que hemos compartido contigo: alegrías de encuentros, de aniversarios de vida, de enlaces, de nacimientos...
Lo que nos has aportado en tertulias e instantáneas sepias rescatadas de tu baúl, siempre abierto, de los recuerdos. Algunas desavenencias, cómo no, sobre todo por la visión tan distinta de la realidad de la mujer cuyos cambios no acertabas a comprender, no en vano yo subí al tren casi medio siglo después que tú y la velocidad ha variado notablemente en mi época. Aún así, siempre el respeto y la empatía fue nuestra máxima, el intercambio de opiniones, el crecimiento mutuo... En cierta manera, creo que yo te hice ser más moderada y tú a mí más sosegada, más madura, a la vez que más documentada. Gracias.

   Guardo en mi pluma lo que me has aportado en largas conversaciones tras los cristales de la placeta de San Antón, que ahora quedará huérfana de tu presencia. Permaneces en nosotros, te sentiremos como el alba de cada nuevo día: en los gestos de tus hijos, en los avatares de tus nietos, en la mirada y el carácter de mi hija (tu nieta más pequeña), en cada rincón de la casa, en las calles de tu pueblo, que un día anduve del brazo contigo.

   Aurora, genio y figura... lleva contigo mi cariño, tú me has dejado mucho, lo más importante: el amor de mi vida y mis hijos, mis bienes más preciados.

   El cielo te espera, descansa en paz, te lo has ganado con creces.
 

sábado, 10 de septiembre de 2011

"ZAIDÍN ROCK: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR". Por Ana Rosillo.

 
Noche de jueves, pasados ocho días del inicio de septiembre. El Zaidín vibra y se ilumina en su feria. A las diez comienza la música, preludio de una buena tanda de grupos y conciertos, que saludan a los jóvenes universitarios. Vuelven a nuestra Granada, con sus bártulos e ilusiones, a redecorar habitaciones de paredes blancas, vacías e impersonales, con sus señas de identidad y posters de sus grupos favoritos.

Vuelta de la playa, de las vacaciones estivales. Cuerpos bronceados y relajados rostros,iluminados todos por una luna plateada y achatada, que en unos días alcanzará su plenilunio.

Y la ciudad les recibe con el calor diurno del verano que da sus últimos coletazos, con el fresco que desciende nocturno desde Sierra Nevada a la Vega y ¡cómo no!, con unas jornadas festivas en su barrio más populoso, lleno de energía, de entrega vecinal y acordes musicales.

Nacido en 1983, por iniciativa de la Asociación Zaidín-Vergeles, los primeros en saltar al escenario fueron dos grupos de nuestra tierra: T.N.T. y Magic.

Poco a poco, año tras año, y con el buen hacer y constancia de los miembros de esta asociación y su “Comisión Rock”, el Festival se hace eco de grandes grupos y artistas consagrados a nivel nacional, sin desmejorar lo autóctono, que es bueno y mucho.

Y este año, en su XXXI edición, llegan a formar parte de su variado cartel un total de quince actuaciones, entre grupos locales noveles y otros en la cresta de la ola. Principal reclamo de esta edición han sido Loquillo, Mago de Oz y el grupo granadino Eskorzo.

Eskorzo, al que tuve el honor de ver actuar entre bambalinas, gracias a la invitación de Pepegu, bajista del grupo, hermano de mi amiga Montse, siendo una vivencia interesante y novedosa para mí. Desde esta cara oculta de la luna, encontré y saludé personalmente a cada uno de ellos y tomé conciencia de la gran profesionalidad de todos los que forman parte del entramado de un espectáculo musical: técnicos de sonido, montadores de escenario, transportistas de instrumentos, etc. Y finalmente, los que se presentan ante el público: los músicos.

Y los ví ensayando tras el atezado telón de fondo, mientras en la palestra tocaba el grupo que les precedía, cordobeses ellos: Los Aslándticos.

Pasaban más de tres horas de la media noche. El postre final espera su turno con tensión y ansia controlada: inmensas las ganas ya de entrega al público. “El que espera, desespera”… y comienza su actuación buscando el nexo total que lleve al disfrute en la madrugada rockera.

Y entremezclado, llegaba a mis oídos el sonido que unos, los que actúan, y otros, los que ensayan, consiguen hábilmente arrancar a sus instrumentos. Y mi hijo y su amigo Pablo no perdían detalle, atentos al máximo los sentidos...

Todo un descubrimiento para la que suscribe, a espaldas del gran escenario del Rock… pero sobre todo, la agradable sensación de encontrarme entre gente que ama la música por encima de todo y por ende, la cultura.

Sí, en arte escorzo es una figura, es la perspectiva oblicua al plano del movimiento… y eso es Eskorzo, puro y duro
movimiento, energía y brincos, que topan con los focos, allá en lo alto, emulando a las estrellas. Todo transmitido a su público, de una manera vigorosa y totalmente energizante, con letras ahora reivindicativas, más tarde poéticas y existenciales, en combinación perfecta con un amplio abanico instrumental. Todo un espectáculo musical.

Y quise ver, más tarde y con mis amigos, la actuación también desde el lado del público: “face to face”. Y encontré jóvenes y fieles fans, imitadores ellos, del aspecto y la forma de bailar de Tony, el solista; y bailarinas ellas, tarareando todas las letras al dedillo, inmersos en una embriagadora entrega, que les llevaba hasta la extenuación.

En este lado los sentí más artistas aún, iluminados por deslumbradores focos y luces multicolores, combinación perfecta de imagen y sonido, que los subía al pedestal del modelo a imitar. Y de este lado percibí la música más nítida y directa, mientras advertí que los fans buscaban en su último disco “Paraísos Artificiales”, donde evadirse de los problemas de esta sociedad en crisis y en "desevolución".
Y ellos y los demás grupos participantes, han conseguido que el espíritu amenazado del Festival, por sus problemas de financiación y de ubicuidad, en vez de desfallecer, haya crecido como lleva haciendo en cada nueva edición.

Desde esta platea en que me encuentro, espectadora entre multitudes, he de decir que las administraciones públicas deben colaborar, como vienen haciendo y a ser posible, con incremento, para que los jóvenes y no tan jóvenes disfrutemos de un ameno cultivo del alma. Buscando equilibrio entre obligación y devoción, se obtiene un mejor rendimiento en todos los niveles.

Y es importante que la cultura musical de una ciudad como la nuestra, donde proliferan las buenas bandas, no se hunda en las lagunas del olvido de las mentes que nos gobiernan. Y que no halle el talento y el esfuerzo diario del
artista, lejano el reconocimiento y vacías las alcancías públicas.

Primordial para la sociedad debe ser, que los jóvenes no tomen alcohol como plato principal, sin más acompañamiento enriquecedor del intelecto.

Tomen nota para ediciones venideras, porque los granadinos estamos con Queen y "El espectáculo debe continuar" como seña de identidad del Zaidín y por añadidura, de Granada.

domingo, 28 de agosto de 2011

"ALOHA SAN JOSÉ"

Aloha es la palabra hawaiana utilizada para saludar y bendecir a los visitantes, que se podría traducir aproximádamente como “belleza, paz, disfrute, o bienaventurado seas…” y nada mejor podría definir cómo me siento en San José, pequeño pueblo pesquero, actualmente reclamo turístico del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, en Almería.

“Verba volant scripta manent”, y “findes” como éste merecen plasmarse en papel, o en archivo word, para que los detalles no se pierdan en las lagunas del olvido.

El verano es mi estación preferida, los días son largos, el sol calienta con fuerza, su luz me transmite energía y vitalidad y las vivencias son variopintas, distantes de los días de otoño e invierno, tan semejantes unos a otros. Y si además, no hay que seguir estrictos horarios de trabajo, de clases, de actividades escolares, con las que los padres hacemos jornada de tarde de taxista… días en los que intentamos adelantar al minutero del reloj, para no llegar tarde a ningún lugar… pues eso es que estamos en época de ocio. Tiempo que vuela.

Y en esto que el verano, o mejor dicho, las vacaciones, de días pausados en los que dejamos aparcadas las prisas, toca a su fin… Y cada uno decide buscar la paz interior o la última imagen en la retina, en el lugar que se la transmite. Y yo quería volver a San José…

Este pequeño pueblo de la costa almeriense me cautivó hace unos diecisiete años, cuando unos amigos nos llevaron al Tau en una tenebrosa noche de tormenta. No recuerdo haberlo pasado peor bajo la lona de una tienda de campaña.

Pero, como tras la tempestad, viene la calma; al día siguiente escampó y apareció ante mis ojos un cielo añil límpido y un pueblo tranquilo, iluminado por el Sol, de playas de arena fina y clara, de mar lapislázuli de aguas cristalinas…

Y es allí, sólo allí, dónde me siento camaleón en la tierra y pez en el agua. Y sólo allí, siento que me fundo con la madre naturaleza y mi cabello toma prestada la luz de ese sol y mi piel se torna bronce, como la arena empapada de mar… Y sólo allí, espero las olas, para dejar que me acaricien y mezclarme en su espuma blanca… no hay mejor deporte que dejarse llevar por su vaivén.

Y han sido dos días intensos, acompañada por parte de mi extensa familia… quizás quería llevar a mis sobrinas a descubrir lo que mis hijos conocieron y disfrutaron en su día...

Llegamos a la hora del almuerzo y escogimos la ensenada de los Escullos, con sus dunas fósiles oolíticas. Formadas en el Cuaternario, son patrimonio geológico del litoral almeriense. Mientras Ángel rescata instantáneas, ahora en un entorno natural que se asemeja al paisaje lunar, más tarde en acantilados donde rompen las olas… Graciela, Ismael y Emma, se protegen bajo las sombrillas. Es nuestro turno para descubrir los alrededores.

Mi sobrina de seis años, la noble y preciosa Ariadna, tira del hilo que la sujeta a mi mano, queriéndose escapar de mi protección para correr tras sus aventureros primos, David y Elvira, que saltan sobre níveas y firmes dunas, colándose por grietas (casi grutas) allí donde el líquido Mare Nostrum penetra curioso.

Divisamos una bonita cala bajo El Chamán y decidimos invocar a los espíritus del bien, sumergiéndonos en las aguas que hasta ella llegan, con la fuerza y el ímpetu transmitidos desde las cercanas tierras africanas.

Y al atardecer, nos dirigimos a nuestro destino: San José, paraíso entre dunas y playas vírgenes: Mónsul, los Genoveses, la Cala de la Media Luna…

Nos saluda: “Aloha”, agua dulce de piscina para contrarrestar lo salado, “una de cal y otra de arena”. Salida nocturna, buscando el “pescaíto” del lugar a la plancha, que no consigue desbancar a la pizza en la mesa infantil. Estamos en el puerto deportivo. Descanso entreactos para dar un paseo con la más pequeña, mi sobrina Emma, de quince meses y doscientas revoluciones por minuto… De su mano rememoro la maternidad, mientras Graciela, su madre, termina de cenar.

Muñeca de rizos de oro, simpática como ella sola, saluda con un atento “Hola” a todo el que se encuentra o dice adiós con su mano rechoncha. Nadie se resiste, ni a su mirada de inmensos ojos verde ámbar, ni a su amplia sonrisa.

A lo lejos suena “You Can Leave Your Hat On” de Joe Cocker, banda sonora inolvidable de la película Nueve semanas y media. El sonido viene del Club Náutico… y como la bebé nos ha salido con ritmo, corre cual pollo de perdiz, en busca de la música que escuchan sus oídos. No mira atrás, sólo quiere unirse a la fiesta.

La rescato al pie del yate y cerca del Ferrari que nunca tendré, porque me vaticinaron que nunca me haré rica, está escrito en mi mano. No importa, mi mayor riqueza es la gente que me rodea.

Tras los postres, paseamos entre veleros y barcos deportivos, para después cambiarlos por un paseo entre puestos hippies, de originales artículos hechos a mano. Unas veces joyas, otras complementos de vestir; lo más raro y curioso: cuadros cual reloj de arena movediza de Cabo de Gata, entre cristales pintados… Todo ello amenizado por un dúo de músicos extranjeros, entrados en años, a los que mi hija quiere ofrecer una dádiva por regalarnos los oídos… Estoy en mi salsa.

Helado casero multitudinario en la plaza, paseo y descanso nocturno. Siempre me propongo ver amanecer un día de las vacaciones, pero este año no ha sido en la playa, sino en la montaña…

Aún no son las diez de la mañana y ya pica el sol. Bajo nuestro balcón, vocifera su mercancía el dueño de un furgón con excelentes frutas y verduras, crecidas bajo un mar de plástico que se ha ido extendiendo por la provincia, bebiendo de los acuíferos y creando huertos en tierra árida. La subsistencia nos deja un paisaje envasado en celofán.

Mercadillo variado en la rambla. Mañana de playa, cerveza fresquita y exquisita paella en el chiringuito.

Un velero ha encallado en las rocas en la parte derecha de la playa, empujado por el fuerte viento de levante... Todos miran las maniobras de remolque. Ángel bromea: - Al final deberán venir a rescatarlo con “Braguetas y corbatas”. Muchos lo sacarían a su manera, pero, a última hora de la tarde, el barco sigue en el mismo sitio, allí lo dejamos… Quizás con pleamar…

Vaciamos las bolsas de arena que impiden que nuestras sombrillas vuelen cual gaviota, nos despedimos de la playa, pero nos traemos arena en los bolsillos y en otros recovecos… gratuito recuerdo.

Miro por penúltima vez el horizonte marino, para fijar la imagen en mi mente y visualizarla cuando esté lejos, cuando busque paz…

Merienda cena dulce y salada, a gusto de consumidor. Mientras, la pequeña se entretiene y tararea con la música que suena en mi pequeño móvil. Mi hijo ha querido que los Beatles me avisen cuando tengo una llamada. ¡Anna!... me cantan…

Decimos adiós al pueblo costero y nos dirigimos al interior. Vuelta al hogar, vuelta a Granada. David quiere ir de copiloto y “pinchadiscos” de buena música que, a sus quince años, pretende hacernos descubrir. Aunque la mayoría de las veces rescata canciones de nuestra memoria, es cierto que muchas otras aprendemos de éste joven melómano, últimamente buscador de bandas sonoras de viajes…

Y así, con buena conducción y en la carretera, San José quedó unido en mi memoria estival dos mil once, a “Dust in the wind”, de Kansas… oportuna canción, arena en el viento… Desvío hacia Guadix, ya es noche cerrada, suena Bryan Adams “Everything I Do I Do It For You”… Al frente, tras el parabrisas, los rayos iluminan el cielo… tormenta más allá del desierto de Tabernas, allí dónde surgen los primeros árboles.

Acaricio el lacio y dorado pelo de mi bella mujercita. Jugamos, reímos, cantamos… quiere educar mi voz, como le enseñan en clases de coro, “a menudo los hijos se nos parecen”, como diría Serrat, pero muchas veces se aprende de ellos e indudablemente, nos superan.

Jornadas inolvidables, en buena sintonía.

Sí, Graciela, nos tatuaremos la letra A, unos con tinta y en el cuerpo; otros, con sangre y en el corazón, porque esa letra está en los nombres de todos nosotros y nos une de por vida.

¡Volveremos a San José…! Algún día…

Ana Rosillo
Granada, 28 de agosto de 2011        Un velero ha encallado en la playa...