miércoles, 5 de febrero de 2014

La Universidad de la Vida (Dedicado a mi abuelo, Fidel Rosillo Reolid (Puebla de Don Fadrique, 24/04/1912-04/02/1999)

             Curiosamente hoy no dejo de pensar en mi abuelo paterno, Fidel. También le recuerdo cada veinticuatro de enero, cuando, según me contaba él, salía la Santa Compaña, que él llamaba la procesión de las Ánimas, pasada la media noche, por las calles del pueblo con el mismo recorrido del Jueves Santo. Aún tenso la espalda, con los escalofríos del temor de la niñez, al recordarlo. Y al volver la mente una y otra vez a las experiencias compartidas con su persona, he caído en la cuenta de que hoy, hace quince años, nos dijo adiós mi abuelo, en un viaje de ida, sin vuelta. Su carro iba colmado con nuestro cariño.

            Es inquietante. He comprobado que vivimos en una constante carrera de relevos dentro de constelaciones familiares. Cuando yo llegué, fue mi bisabuela la que me pasó el testigo. Cuando llegó mi hija, fue mi abuelo. No llegó a conocerla. Cuando hablamos por teléfono, le dije que era muy bonita y que tenía el hoyuelo en la barbilla como él, como yo...





            Mi abuelo vino al mundo un veinticuatro de abril, el día de San Fidel, por eso le llamaron Fidel Luis. Sus padres se llamaban José y Margarita. Era el sexto de una familia más que extensa, ¡ocho hermanos! Sus nombres eran, de mayor a menor: Emiliana, Antonia, Indalecio, Elisa, Carlos, Fidel, Catalina y Alcántara. Un día me contó que a su abuelo Lorenzo le dijeron en una taberna "¡Qué lobo que eres!", al haberse bebido un chato de vino y haber escondido el vaso, dando entender que se lo había tragado también. Desde entonces le apodaron "El Lobo", y ese apodo se ha hecho extenso a toda la estirpe o "manada".

           Perdió a su joven mujer, Juana, y al tercer hijo que esperaban, en un parto malogrado. Enviudó demasiado pronto, quedando bajo su custodia un hijo y una hija de corta edad, amparados siempre por la protección de la abuela materna, que suplió en parte la insustituible figura de una madre. Casó en segundas nupcias con mi abuela Lucía, con quien tuvo a mi padre y a mi tía, y formaron también, como era habitual en aquellos tiempos, una familia numerosa.


            El esfuerzo siempre caminó de su mano. Se ganaba la vida como agricultor en sus propias tierras, en las que cultivaba almendros. Mi padre y mi tío le ayudaban. Mis tías  se ocupaban más de las tareas domésticas, ayudando a mi abuela. Ejercía también de carrero. Mi abuelo daba viajes de ida con su carro tirado por dos mulas, colmado de yeso blanco, cernido, desde la Puebla hasta Huéscar, ya que en la cercana localidad no lo había tan puro. Se lo compraba a los Algimiros o a Pepe Guillen, que eran yeseros. Los yesares de la Puebla están por la carretera de María (Almería), por encima del “Prao” Había muy buen yeso, que tenían que sacar con barrenas y luego cargar en un volquete para llevar al horno. Después, un mulo con un rodillo lo molía y dejaba fino. Había más yeseros en el pueblo, como Víctor González. Mi abuelo en su viaje de ida siempre llevó yeso. Mi padre le acompañó en muchas ocasiones. Me cuenta que se levantaban a las cinco de la mañana para llegar al mercado de los jueves de Huéscar a las diez. Le vendían el yeso a Andrés y a Felisa, un matrimonio apellidado de igual manera, González, por ser primos hermanos y yeseros oscenses. Ellos lo repartían a su vez por celemines a las mujeres, para blanquear las fachadas y el interior de las casas.  
- Ya vendemos menos yeso, que han “sacao” una cosa que se llama Blanco España. - Les dijo un día Felisa.


Después iban al mercado y compraban legumbres, frutas y verduras de temporada y volvían a cargar el carro para llevar de vuelta lo que no había en la Puebla.  Siempre traían doscientos o trecientos  de harina en sacos de cien kg., que se cargaba mi padre a los hombros desde los dieciocho años. El carro soportaba más de una tonelada. Y emprendían el viaje de vuelta hacia la Puebla.

            En aquel tiempo, dónde ahora está la cocina y el salón de la casa de la calle Hospital, dónde yo nací y viven mis padres, había un mostrador, que unas veces se usaba de taberna y otras de tienda, que en la mayoría de las ocasiones era de pago en especie. Fulanito cultivaba cereales, les llevaba, lo pesaban con la romana:
 
-          Tienes cinco duros de trigo... ¿Qué quieres?
-          Dame dos kilos de naranjas o dos litros de vino.

 Si traían una fanega se podían llevar abastecimiento para toda la semana.

 Mi abuelo daba también viajes a Jumilla por pipas de vino, que eran toneles de grandes dimensiones. Cargaba el carro con tres pipas, una en la bolsa, después de vaciarlo de yeso. Volvía a la Puebla y recibía a los vecinos en casa que le pedían:

-          ¡Dame una arroba de vino!

-          A mí échame una cuartilla, pero antes ponme un chato que lo pruebe.

            Entonces, tomaba una goma, se la colocaba a la boca del tonel y absorbiendo el aire, el vino salía camino de la garrafa. Eran otros tiempos. Tiempos duros y difíciles de posguerra, de la España en dictadura. Cada lugar intentaba autoabastecerse y no venía nada de fuera, por eso los vecinos esperaban siempre impacientes que llegaran los carros llenos de aquellos víveres, repartidos por buenos comerciantes que eran mis abuelos. También se desplazó mi abuelo, en más de una ocasión, a Santiago de la Espada (Jaén), que está a treinta y siete kilómetros del pueblo. De ida, como siempre, llevaba yeso y de vuelta, en este caso, leña de los pinares. Alguna vez que otra llegó a ir incluso a Cúllar, entonces volvía con una sera llena de plantón de tomate, al menos doscientos manojos, que luego vendían en el pueblo, siempre sacándole ganancias, por supuesto. En algunas ocasiones trajo aceituna de Hinojares (Jaén), un pueblo cercano a Cuevas del Campo (Granada).  En otras, pellejos de aceite, que eran pieles de cabra cosidas y vueltas del revés, por lo que el pelo quedaba  en el interior. Colgaban de los pellejos hasta las patas del animal, por necesidades de la época, convertido en recipiente. Curioso y un tanto raro.

            Siguieron dando viajes hasta el año 1962, pasaban mucho frío porque salían siempre antes de que despuntase el día. Mis recuerdos más lejanos de mis abuelos son de su casa en la calle Carnicería: una tienda, una báscula, un bote de cristal lleno de bolas de caramelos brillantes que yo siempre quería alcanzar… Unos tazones de leche, un televisor que era la novedad en el barrio, las matanzas, el olor de las especias, los bigudíes que ensortijaban el pelo de mi abuela… Las romerías en carro, juntos en familia, hacia el pie de la Sagra, a esperar a las patronas: las Santas Alodía y Nunilón.

            Gracias al tesón de mi abuelo por sacar adelante a su familia, mi padre nos transmitió que sin esfuerzo no se consigue nada.  Un día, un inspector, premió a un niño con un puñado de monedas por ser el mejor de la clase. Desde ese día comprendió, que, como dijo Ismail a su nieto Boabdil, “El conocimiento vale más que el dinero. El dinero lo puedes perder, te lo pueden robar… Nada ni nadie podrá jamás arrebatarte el saber acumulado en el bagaje de la vida." Gracias a ese niño, mi padre, gracias a su esfuerzo por sacar adelante a una familia numerosa, un día pude sentarme en un pupitre de la Universidad.  Gracias a mis mayores comprendí, que si uno quiere,  no se aprende en vano en la Universidad de la Vida.  










                       





           

martes, 21 de enero de 2014

"Vivir en dorado presente"

Esta mañana he intentado dar los pasos más largos para adelantar al segundero, pero ni por esas. Su caminar no espera.

Es 10 de enero. Hace dos días que he cumplido años, he consumido ya 23.652.000 minutos... ¡increíble! ¡He debido perder mucho el tiempo, porque pensaba que no había malgastado tanto! Y aún me quedan tantas cosas por hacer, tanto por cumplir... Es verdad que si le descuento el que he pasado descansando, es menor. Si le resto el que he vivido soñando, duele menos, claro, siempre que el sueño no fuese pesadilla. Si desquito el tiempo de trabajo, de estudio, sería más llevadero, porque algo he hecho, además dicen que el saber no ocupa lugar... Si resto el que he hecho ejercicio, la cifra adelgaza, porque he engañado a la edad cronológica. Si le desquito el tiempo que he amado, entonces, seguramente debería sumarle, porque es cuando más intensamente vivo. En definitiva, pienso que caminamos unas veces a contrarreloj y otras en tiempo de descuento.

El tiempo es una magnitud que mide la duración o la separación de acontecimientos sujetos a cambio. El hombre se dio cuenta hace mucho de que estamos en continuo movimiento. Con sólo mirar al Sol ya fue perceptible. Cambia la posición de los astros, las estrellas, los planetas, la luna que gira alrededor de este planeta nuestro. Cambiamos de aspecto. Crecen los animales, los niños, el cabello, nuestro conocimiento si aprovechamos bien el paso de las horas escuchando a los demás o leyendo. Se puede crecer cada día observando todo lo que sucede a nuestro alrededor, abriendo al despertar la mirada de nuestra niñez. Hay formas  muy melodiosas de matar el tiempo,  titularía Lapido. 

Es curioso cómo el hombre ha organizado el cambio de las estaciones, la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Yo podría asegurar que sería más feliz yendo a destiempo, pero por obligación, llevo su marcación caminando unas veces en mi muñeca, otras en una esfera que cuelga de mi cuello. El paso del tiempo hace que pasen los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, los lustros, las décadas, los siglos, el milenio del Reino de Granada... Tomamos las uvas, desde el excedente de 1909, a golpe de campanada de las doce de la medianoche del último día del año, treinta y uno de diciembre. A mí me parecen los minutos más largos del año, porque el que espera, desespera...
Aunque si lo pienso mejor, aunque no lo planificáramos, él siempre se nos echaría encima. Cuántas veces nos habría gustado que alguien querido nos dedique más parte de su tiempo, pero nos ha contestado: “Lo siento, no tengo tiempo”.”Sí, tienes tiempo de sobra, espero, lo que quizás es que no sepas repartirlo bien...”. Al final comprendes que está en su derecho y le dejas que siga gastando su tiempo con quien y con lo que más le apetezca. Ver telebasura me parece la más estúpida manera de perder el tiempo. Dedicar las horas a crear, sería para mí el tiempo mejor empleado. Por eso, he aprendido que no se debe interferir en el reparto de la vida de otra persona, no se debe mendigar tiempo ajeno.

Y vuelves al tuyo: este es mi tiempo hoy. Un día leí que la depresión son culpas del pasado y la ansiedad preocupación y anticipación del futuro. Lo ideal es vivir aquí y ahora. Este es mi presente y he decidido dedicarlo a escribir, y siempre que decido hacerlo siento que no es tiempo perdido, porque es entonces cuando consigo centrarme. Y ahora recuerdo lo que escribió nuestro Premio Nacional de Poesía 2012, Antonio Carvajal y reza en las palabras que circundan la esfera del reloj de la fachada del Ayuntamiento de la ciudad de la Alhambra: “Feliz quien ve sus horas en dorado presente”, yo diría quien vive.

Voy a aprovecharlo bien, todos sabemos, por descontado, que el tiempo no perdona...




jueves, 9 de enero de 2014

"Propósitos para Navidad"


Sonríe, se acerca la Navidad
envuelta en destellos de buenos deseos.
Sonríe al despedir el otoño,
cuando el viento desnuda los árboles
y los deja a merced del invierno.

Sonríe, si tienes abrazo y abrigo.
Nadie abriga a los desprotegidos,...
sólo el calor de la cercanía,
la empatía de los honestos.
El amor del hogar, si aún lo conservan.

Sonríe, se acerca la Navidad.
Ya oigo zambombas y villancicos.
Veo a los niños escribir sueños
en una carta a unos magos de Oriente,
que brillan tras la pantalla de Occidente.

Sonríe, ya está aquí la Navidad,
los excesos de unos son las necesidades de otros.
Y seguimos siendo polizones invisibles a los ojos de los tripulantes.
Puedes emborracharte, puedes helarte en las calles
bajo un tejado de cartón que tú mismo fabricaste.

Sonríe, es Navidad.
En este barco que sigue a la deriva
aún adornado de fulgores de luces y guirnaldas,
de esperanzas, de propósitos de buenas obras,
que tal vez nunca llevemos a cabo.

Porque es Navidad en los comercios.
En las calles, en tu casa, en la mía.
En el corazón en trizas de los deshauciados.
Es Navidad, se nota en los gestos
en la alegría del reencuentro, en el vacío de la ausencia.

Pero la Navidad sólo se puede sentir
con el corazón desprendido de pertenencias.
Con el alma del que da lo poco que tiene, al que tiene nada.
Es Nochebuena, que viene, que va...
y tú aún no te has ido, por eso sonríe, por eso sonrío.

Porque pronto es Navidad,
y si ellos no, tú sí que puedes darte cuenta,
de que rima con SOLIDARIDAD.

Granada, 16 de diciembre de 2013


lunes, 28 de octubre de 2013

"Fantasías animadas de ayer y hoy con dos rombos"


            Una imagen te puede teletransportar. Sólo con mirar ésta, vuelvo a aquellos maravillosos años de comienzos de los ochenta. Aquellos días de crudos inviernos, de sabañones, de jerséis de rombos y listas, de camisas de largos picos... Cuando comencé a coquetear y a revolver el baúl de la cámara de mi abuela y a  colocarme ropas de todos, de mi madre, de mi padre… ¡hasta un chaleco de mi abuelo! Aquellas tardes eternas de estío en las que solía hacer travesuras con mis dos hermanos varones y con mis primos, por el secano, corriendo por las calles del pueblo... Los dos campos en la plaza, la línea blanca, los primeros amigos... ¿Dónde quedaron aquellos felices y maravillosos años? Días en los que ni la prisa, ni el estrés, ni las responsabilidades mayores habían llegado aún a nuestra vida. Tiempos en que no dolía más que las heridas que nos hacíamos en las rodillas.

            Y al mirar la imagen de nuevo, veo a Mari Inés, aquella señora bajita que cuidaba la iglesia como si fuera su propia casa y que el Señor tenga en su gloria, diciéndome:

-        ¡Niña, deja de pintar y ayúdame a limpiar los bancos, que los planos de la iglesia ya están hechos desde hace años!

            Yo la miré, esbozando una sonrisa tras su ocurrencia, y repliqué:

           -        Estoy dibujando el retablo mayor para un concurso de pintura. Nos lo han dicho en la escuela.

             En realidad, el concurso lo organizaba la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada (ahí, con todas las letras) y el premio consistía en una cuenta que abrirían a nombre de cada premiado con un montante de ¡quinientas pesetas! Y para el ganador de ganadores: ¡mil!

            Yo, seguía mirando detenidamente cada recodo del retablo para después plasmar la imagen retenida,  minuciosamente, con el suave movimiento de mi mano y a través de aquel lápiz, a un esbozo sobre una lámina de un blog de dibujo. Fue entonces y solamente entonces, cuando tomé conciencia de la belleza y la dimensión del arte de aquel templo, en concreto de aquella  visión que tantas veces había contemplado mientras acompañaba a mi madre o a mi abuela a misa, o en el transcurso de las catequesis o de la solemne celebración de aquella conjunta  primera comunión. Allí sentada divagaba, mientras Mari Inés limpiaba sobre limpio. Siempre me ha transmitido paz el silencio que acaparan las bóvedas de un santuario.

            Luego, ya en casa, sentada al calor de la estufa de leña y con mis hermanos haciendo los deberes, mi hermana de dos años correteando y la más pequeña, casi recién nacida, en los brazos de mi madre, le dí color, esmero y perfección. Al estuco, al dorado, a los santos... El que siempre me pareció el semblante más bello e inocente - más tarde desbancado por San Juan -, por su policromado color pastel, el Dulce Nombre de Jesús, centrado y presidiendo mi reproducción del altar mayor. Curiosamente, de niños solemos dar rienda suelta a la imaginación -yo, afortunadamente, aún conservo un ápice de aquellos vuelos- y siempre vi la cabeza de un lobo en vez de la figura del arcángel San Gabriel, igual que imaginaba figuras monstruosas en el dibujo de las losetas del baño de casa o sombras chinescas espeluznantes que emergían de la llama de una vela. Cuando tenía fiebre, lo normal en mí era marearme con la espiral en movimiento que aparecía al comienzo de los dibujos animados, no recuerdo si eran del Pájaro Loco. Era peor que montarse en las voladoras de la feria de mi pueblo. Uno de mis hermanos veía un campo inmenso de pinchos, mucho peor y más puntiagudo, sin duda...

            Yo me propuse obtener el primer premio de aquel concurso de pintura y, como siempre he sido muy terca, lo conseguí. No recuerdo qué dibujaron mis hermanos, sólo sé que los tres mayores fuimos premiados. Y en el colegio decidieron llevarnos una tarde de otoño al cine San Miguel, para obsequiarnos con la proyección de dos películas y realizar la entrega de premios. En aquellos tiempos no había ninguna ley de protección al menor, supongo, o al menos a mi pueblo no había llegado por encontrarse, según los de la capital, donde “Cristo perdió el gorro”. Tampoco se comprobaba la calificación de los filmes, imagino, porque todos nos quedamos estupefactos al contemplar escenas más que violentas en una de las películas elegidas. Y es que, para contentar tanto a los de cinco, como a los de catorce, escogieron de primero, una de “Fantasías animadas de ayer y hoy” y  de segundo, el plato fuerte del menú: ¡sirviendo una de guerra! Nada menos que: ¡La cruz de hierro! Más de uno de los mayores,  nos habíamos quedado a dormir en casa de los abuelos para ver alguna de dos rombos, así, de extranjis; pero en el cine nos la ponían sin más calentamiento de cabeza que el del movimiento del operador de cabina al cambiar los rollos del proyector. ¡Vaya sorpresa!

            No he vuelto a ver aquella película, “Cross of iron”, ni siquera en versión original. La verdad es que a mi temprana edad de doce años, aprecié la maestría de aquel film ambientado en la 2ª Guerra Mundial y me gustaría volver a verla con la perspectiva,  in media res, que ofrece el transcurso de los años. Pero mi madurez obligada, al ser la mayor de cinco hermanos, me hizo ser consciente de que estaba muy lejos de ser la proyección apropiada para un grupo de menores de edad: armas, violencia, muerte... Aún conservo en la retina aquella escena en la que uno de los soldados obligaba a una chica a arrodillarse para hacerle una felación. Y después… ¡madre mía!, todos abrimos los ojos como platos al contemplarle sentado sobre sus gemelos, dando alaridos, mientras se sujetaba su entrepierna ensangrentada... ¡Te lo has ganado, asqueroso malnacido! - pensé mientras miraba de reojo la cara que ponía mi hermano pequeño- a la vez que intentaba, disimuladamente, taparle los ojos.

            ¡Qué bonita tarde de cine! ¡Qué película más educativa nos ofrecieron! Estoy segura de que, al igual que yo, todos la recordarán, los pequeños espero sinceramente que menos. Y yo, que había sido una niña buena perfilando santos con mis lápices de colores Alpino... Cuando somos niños estamos a merced de las selecciones que los adultos hacen para nosotros, y en ciertas ocasiones, sus errores nos obligan a madurar de repente. Todo por no elegir un término medio y cambiar, escenarios de inocencia y  candidez, y sonrisas animadas, por un premio final de violencia y guerra, ofrecida en gran pantalla y a la carta. Tal vez fue el sentido común y la lucidez adulta, la que programó abrirnos los ojos tempranamente, para que la verdad de la sociedad que nos esperaba, la que hemos apreciado al cambiar nuestros juegos y sueños por el desempeño de la realidad, no nos pillara por sorpresa. Y de postre, una imagen para la posteridad.

            ¡Ay, quién pudiese volver a ver pasar  la vida con aquella bendita inocencia! No dejemos escapar por el resquicio de la madurez la perspectiva que nos ofrecía la niñez no adulterada. Nunca, nunca agotemos del todo nuestros sueños…

lunes, 4 de febrero de 2013

¿Dónde va a parar el agua con que te lavas la cara por las mañanas?



   Depende. Todo depende del pie con que me levante. Si la noche se ha tornado sueño o pesadilla. Hay mañanas en las que mi semblante ofrece su mejor sonrisa a la mujer que me mira tras la ventana plateada de enfrente. La noche que dejo atrás, me ha cubierto con un manto reparador que me ha arropado también el alma. El descanso ha sido plácido y benevolente conmigo.

   Estos días el agua se desliza fresca y sugerente por mi cara, espabilándome, sacudiéndome el sueño y la pereza del cuerpo, y transmitiéndome esa fuerza que me permite afrontar un nuevo día. Humedeciendo mis cristalinos, se pierde en ondas centrífugas que la atraen hacia el sumidero y la hacen viajar en el tiempo y en el espacio, para ir a parar a un remanso florido - lago añil estancado- , ribeteado de vivas flores multicolores. Su visualización dulcifica mi carácter y convierte mi jornada en un reloj de arena constante y una vena que carga mi pluma creativa. Ese día mis ojos me hacen apreciar al detalle: un amanecer irrepetible, un singular esbozo de nube en la cúpula celeste, una mirada expresiva al cruzar una esquina, un beso de ida y vuelta, una nueva hoja inmaculada en el calendario de mesa... Musas y númenes bailan entrelazados su cómplice danza, ya sea al son de las cuerdas que forman los rayos de sol, o bajo ritmos de lluvia provenientes de aleros mojados. Acechan mi paso, me inundan de inspiración.

   Sin embargo, no puedo evitar que haya días en los que despierto en el ángulo muerto. En un rincón olvidado, sin arpa que acariciar. Mi imagen sigue dormida al otro lado del espejo. La busco insistente, lenta, pero ella se niega a ofrecerme su mejor reflejo. Un sobresalto tras una pesadilla la ha dejado abrumada en horas de descanso vanas. Mi cuerpo acusa el cansancio y aún es madrugada. Quisiera hoy ocultarse, no tener que dar la cara al mundo que espera, pero las obligaciones no tienen botón de pausa.

   Esos días el agua apenas revive mis ojos adormecidos, aunque sí que se atreve a despertar tímidamente los poros de mi piel bajo una artificial cascada. Y huye ávida de mis surcos faciales, hoy más tensamente definidos, y pasa veloz, derrapando por mis curvas: quiere escapar por agujeros de acero que colindan con tubos grises, conectados a un mundo subterráneo. Las aguas transcurren inquietas por un río turbulento de curso cambiante, siempre al borde del desfiladero, atravesando paisajes en escala de grises que la llevan a desembocar en cavernas subterráneas, tristes y sombrías, que la hunden en el fondo de la desconfianza y la desolación.

   Ese día, aunque no sea martes, es mejor dejarse llevar sumisamente por la rutina y no embarcarse hacia la Itaca de tus sueños.













martes, 8 de enero de 2013

UN NUEVO 8 DE ENERO

   Hoy comienza un nuevo ocho de enero. Tras la comida con los compañeros, Nochebuena, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes y lo que esta fiesta conlleva: conciertos navideños, copiosas cenas de nacimiento y de despedida de un año agridulce con uvas como postre tardío (tradición de excedente de cosecha), cena de altos vuelos, copas, roscón... Y de nuevo: aquí llega otro ocho de enero. Otra cifra por añadir al recuento de la vida, otra vela más en la tarta. Otro calendario iniciado con las sorpresas que me quiera deparar: lo exprimiré al máximo, sea naranja o limón. Dice un villancico de mi pueblo que "la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más": disfrutemos del baile mientras dure la música.

    Tengo empacho navideño, aún así prefiero celebrar este aniversario, que se hará efectivo a la una de la madrugada de un día de resaca fiestera. Llevo la cuenta, sí. En mi cuerpo se reflejan los años como los anillos que surgen tras la tala. Intento mitigar el paso del tiempo rejuveneciendo el espíritu: ¡queda tanto por vivir, tanto por aprender! Haciendo ejercicio a diario. Cada minuto que anda este reloj vital, este metrónomo que marca el compás de los días, es un regalo para nuestro disfrute. Hay una edad biológica y una cronológica, hay que cuidarse siempre de que la primera sea menor a la segunda. Hay que fluir siempre, como el agua que forma el riachuelo, nunca estancarse, nunca. He decidido subir la cuesta de enero en bicicleta, un Ángel ha instalado una dinamo para alumbrar el asfalto que transito; unos leds brillan en la oscuridad mientras el alba se decide a despuntar tras las frías crestas nevadas.
    Esta noche mi madre evocará, con detalles de alumbramiento, como fue mi llegada a las 12,40’ de la madrugada, en aquella juventud que ahora recuerda con una sonrisa en la mirada y un sabor dulce en la boca. Me esperaban tras haber pasado la primera hoja de un nuevo almanaque en su hogar recién formado- con toda la magia y la incertidumbre que ello conlleva - en aquel año que daba carpetazo a la década de los sesenta. Estrenaban juventud, hacían el rodaje a su matrimonio y aquel enero llegué yo convirtiéndoles en padres noveles: la vida y sus etapas. Yo también las pasé. Mi hija me dice a menudo que me queda mucho y bonito por vivir, si ella lo dice... También hace un par de años, un tipo que acababa de conocer en una barbacoa de amigos, lo vio en mi mano. Me dejó asombrada cuando acertó con todos los entresijos de mi vida. Hice ademán de querer retirar mi palma abierta porque sentí el frío de quien desnuda su alma y abre su mente a un perfecto desconocido. Peculiar aquel personaje que dijo ver más allá aún, quedando mis preguntas en privado en el tintero. Quizás algún día volvamos a coincidir, aunque no le preguntaré nada del futuro, me da grima.
    Y hoy, estreno otro ocho de enero que me hace cumplir y me hallo como en horas laborables, frente al teclado de un ordenador. Intento poner en orden mis papeles y mis roles en este nuevo año en el que yo, como casi todos, brindamos por los nuevos propósitos y por la salud. La felicidad. La felicidad se encuentra en el instante que tú desees vivir más apasionada e intensamente, el que más te haga disfrutar. El dinero no da la felicidad: he visto a muchos pobres sonreír por conformidad con un corazón repleto de generosidad, he visto a ricos y poderosos que no dejan de codiciar, mientras su corazón se torna piedra.
    Mi felicidad es estar en paz conmigo misma, es dar mi aliento, mi apoyo, mi abrazo y estar allí donde se me requiere o así yo lo presienta. Y perseguir algunos sueños. Estoy escribiendo mientras escucho “La taberna del piano: homenaje a Billy Joel”, una exquisitez del pianista almeriense Ramón García. Me apetece estrenar una nueva cifra haciendo lo que me gusta: escribir mientras escucho buena música, después de haber celebrado con antelación, en familia y al sol que reflejaba el río del deshielo en Monachil, buenos guisos regados por las vides de la tierra y ¡cómo no! mejor compañía, sintonizando en un dial variable en un intervalo entre 2 y 91 años. Yo estoy situada en un punto intermedio, por ahora…
   ¿Qué me deparará el destino? ¿Qué sucederá en 2013? Qui lo sa. Sólo adivino que ya no son iguales los días, todo cambia, todo se transforma, también mi físico. No, no soy Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button, yo no rejuvenezco al pasar el tiempo. Tampoco soy Dorian Gray porque no he hecho ningún pacto con el diablo. Sólo espero otro ocho de enero, aún no he embalado los adornos navideños, aún pervive en mi casa la magia de la Navidad, el misterio de la noche de reyes, escondido en cajas de cartón y papel de celofán que envuelve regalos inesperados en un año que acaba con la cifra 13 de la superstición al que no le predicen buenos augurios. Yo en cambio soy optimista, aunque inicie otro ocho de enero con mantecadas en la báscula y vuelta a la rutina en bicicleta, en cuestas en rebajas en las que me abro paso por el carril que me permita el futuro escrito en las líneas de mi mano. No hay sentidos prohibidos en mi mente, no hay puertas cerradas a la cultura que habita en las bibliotecas, no hay impedimentos a la imaginación, no hay vallas que cerquen la inventiva, no hay recortes a la fantasía. Hay viajes reales en tiempo de ocio, hay libros que esconden billetes de ida y vuelta. Hay un mundo por explorar, nuevas sonrisas que admirar, desconocidos ojos con los que cruzarse, conversaciones interesantes que esperan al doblar una esquina, acordes jamás escuchados, palabras que ofrecen distintos significados... Todo es posible donde habito, nada es para siempre, sólo existe una sola cosa segura: el tiempo pasa y la vela al consumirse, se apaga.
    El caso es que ha llegado un nuevo ocho de enero y en este minuto mismo hace unas décadas estaba empezando a calentar mi voz, la misma que hoy os dice, mejor dicho, os escribe: de lo que deseéis para mí, para vosotros el doble. Porque me considero bien nacida y agradecida. Se que hoy me deseáis felicidad a raudales, mil gracias: ¡sed felices también! Y si en el transcurrir de la vida, la salud, la economía, el amor o la suerte en ocasiones os da la espalda, recordad entonces el Resistiré del Dúo Dinámico, poned a tope el volumen y cantad:

“Cuando pierda todas las partidas
Cuando duerma con la soledad
Cuando se me cierren las salidas
Y la noche no me deje en paz.

Cuando sienta miedo del silencio
Cuando cueste mantenerse en pie
Cuando se rebelen los recuerdos
Y me pongan contra la pared.

Resistiré, erguido frente a todo
Me volveré de hierro para endurecer la piel

Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla,
Pero siempre sigue en pie.


Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré.

Cuando el mundo pierda toda magia
Cuando mi enemigo sea yo
Cuando me apuñale la nostalgia
Y no reconozca ni mi voz.

Cuando me amenace la locura
Cuando en mi moneda salga cruz
Cuando el diablo pase la factura
Y si alguna vez me faltas tú.
Resistiré, erguido frente a todo…"




miércoles, 19 de diciembre de 2012

NEBLINA A LA VISTA. NAVIDAD, SIN BLANCA.


            Una mañana nueva por estrenar. Una neblina espesa oculta la ciudad. Se despide el otoño con noches que ganan la partida a los días: se acerca la Navidad.  Una silueta recortada en grises enmarca Granada, Muley Hacén descansa en la cima ¿se atreverá el sol a asomar? Otra vez me he dejado olvidada la cámara de inmortalizar sobre la estantería... Despiste el mío con ese paisaje esperándome al alba.

            Recorto rotondas, esquivo el acero: el Circo del Arte ha sido violado por las perforadoras. Recuerdo  aquel día en que me uní a su causa de supervivencia en las Pasiegas, los titiriteros y los payasos reivindicaban su continuidad... y yo, rodeada de mis niñas disfrazadas con una  nariz bermellón y peluca blue, me lo olía. En estos tiempos cambiamos el arte por el economato... ¿dónde está la opción de "no me gusta”?

            En el Beiro me espera la Joya de la Corona, los documentos escritos para pervivir por los siglos de los siglos y otros más tediosos y rutinarios: papeleos de a diario. Pasan una y otra vez por mi manos, los guardo en carpetas ordenados (siempre he sido una maniática de la sistematización). Una promoción que no llega, unas leyes que se cambian al antojo del mejor postor. Un ciprés ha ardido junto a la fachada  del archivo: un atentado a la naturaleza y al patrimonio documental. No encuentro valores en derredor, muchos padres no los transmiten en los hogares. En los colegios, sufre un recorte la educación.

             La niebla me vuelve a nublar los ojos, se acerca el invierno, la estación que más nos aleja del sol. La psicología me espera en las calles: sobre los acordes de un acordeón, una mirada añil de agradecimiento; un juego de cartas de dos en la acera, regado por un litro de cerveza situado frente a una caja con pocas monedas. Ellos nunca llegan tarde. Hoy de nuevo la gente se echa a la calle, cada día un gremio: le ha tocado el turno a los investigadores. No podemos recortar también en investigación, sin ella no hay avance que valga en esta sociedad anclada en la mediocridad. No debemos permitir la fuga de nuestros mejores cerebros y consentir que siga al mando más de un descerebrado: no aguanto por mucho más tiempo esta situación. Ayer miré algunos "Españoles por el mundo", concretamente en la capital de Suiza: Berna. Caminaban por bonitas calles cuidadas y limpias y se bañaban en ríos, accesibles al baño público, sin colchones ni somieres oxidados, sin señales de tráfico de sentido prohibido en su cauce ¿acaso los patos necesitan que se les modere la circulación por el Genil? Carriles habilitados para las bicicletas, transportes públicos en los que no se invade tu espacio vital, ciudadanos que no son amigos de lo ajeno… Aquí, en estas coordenadas en las que me hallo, la realidad de otras ciudades europeas me parece un mundo de fantasía inalcanzable: ¿es tan difícil importar algo del sentido común de la vieja Europa? Dejemos de imitar sólo lo malo, comencemos a educar a los niños, multemos a los mayores que no cuidan ni respetan el mobiliario urbano. Demos ejemplo desde los más altos estamentos. ¿Acaso aquí se elaboran las leyes por el placer de incumplirlas? Estoy segura de que sí: últimamente la picaresca se ha instalado en los telediarios.

            Un grupo de niñas muere al estallar una mina antipersonas. Otros veintitantos fallecen tras los disparos dementes de  un adolescente que debiera haber sido tratado por profesionales de la salud mental, que por desgracia, al ser privada, es más inaccesible para él que un juguete mortal. Familias que se arman hasta los dientes en países que están en guerra hasta consigo mismos. Párvulos que mueren abrazados mientras sus retinas reflejan el miedo y el brillo de un arma que irrumpe en un baño escolar. Una joven maestra de inolvidables ojos claros, se convierte en heroína al permanecer sola ante el peligro, tras enviar a sus alumnos al gimnasio. Salva muchas vidas recién comenzadas, la suya termina con sordos disparos. Frases incoherentes en el noticiario: "si los profesores portasen un arma, no habría sucedido..." ¿Acaso estoy soñando? Es la peor novela de ficción que habría imaginado...

           Sigo caminando, tengo los pies en el suelo. Anoche me encontraba en una estancia rodeada de velas multicolores y paredes cubiertas por brillantes sedas de vivos tonos. Bajo mis pies descalzos, un suelo alfombrado, suave al tacto. En el aire, flotaba una esencia que me embriagaba el alma... Sonaba a lo lejos un sitar, mientras asombrada miraba mi original vestimenta oriental. Las flores perfumaban recónditos rincones, las luces tamizadas por largas cortinas, se insinuaban con llameantes sombras, la meditación ralentizaba mi respiración. Mis sentidos se agudizaban: los olores se mezclaban con la música de los abrazos, los besos se eternizaban. De repente el sitar comenzó a sonar de manera distinta, con odiosos pitidos repetitivos que no parecían emerger de sus cuerdas. ¡Maldición, suena un despertador! Quiero recuperar ese sueño... ¡oh, no! Ha muerto el rey del sitar, y ahora suena la hora de la vuelta a la realidad.

          Y otra vez vuelvo al inicio: Una mañana nueva por estrenar... ¡pero si a mí me parece la misma de ayer! El acero, el asfalto, las calles llenas de indignación, las compras de esta Navidad sin blanca... Quiero volver a perderme en un sueño, de calles floridas e inmaculadas, con intersecciones de miradas y sonrisas satisfechas, llenas de gentes ocupadas, de niños con brillo en la mirada, de alegres juegos inquietos, vidas que están bajo nuestra custodia. Parques repletos de árboles que aportan tonos verdes al paisaje, de ruiseñores que cantan, de bosques frondosos agradecidos por no albergar pavesas incendiarias. ¿Acaso pido algo imposible, algo inalcanzable? Estoy segura de que no, sólo hay una cosa que no tiene remedio, todos lo sabemos. Siempre es posible un mundo mejor. No quiero imaginar como Lennon, no quiero soñar: quiero vivir en la realidad, en otra realidad. Yo aportaré uno de los granitos de arena que forme la duna que el viento desplaza en la playa... ¡aporta tú el tuyo y no la dejemos fosilizar!

       Mientras tanto, tu lectura pausada es Eolo que mueve mi vela, tu abrazo,  el mejor aliento y consuelo, tu sonrisa siempre me curará los desgarros del alma. A todos, los que me leéis,  los que no; los que conozco personalmente o en mental conexión, a todos, siempre lo mejor. ¡Feliz Navidad!