martes, 22 de abril de 2014

¿Qué fue de Jesús en el siglo XXI? Reflexiones de un lunes de pascua.


             Adentrándome en las profundidades de mí misma, leyendo, meditando... Busco la renovación en una semana mística, eclosión de  una nueva estación, con brotes de esperanza que surgen del armazón de los árboles desnudos de invierno.  Mítica esa luz, la que todos perseguimos y que al llegar el equinoccio de marzo nos ciega, por deslumbrar demasiado. Andamos perdidos, encandilados aún por las necesidades vacuas, por los deseos que ansiamos cumplir. Huimos unos días de la rutina,  del agobio, de las prisas, de nosotros mismos, intentando hallarnos al contemplar la cima de una montaña nívea, o  al perder la mirada en la línea divisoria entre el mar y la cúpula celeste.



            Ayer, sientes un impulso te hace bajar tres paradas antes de la tuya, desafiando a la casualidad, para encontrarte con una mirada oculta tras unos cristales oscuros. Hoy sientes miedo. Aún tememos a lo desconocido. El futuro es un misterio que no acertamos a comprender que en ocasiones nos hace caminar admirando esa fe que, a pesar de tener diferentes versiones y credos,  pretendemos sentir en lo más profundo del corazón. Creer, creer… Creer que creyendo nos convertiremos en mejores seres humanos. El movimiento se demuestra andando. Rezar, suplicar que el destino nos sea favorable y que no haga sufrir a nuestros seres queridos. Pero hay cosas que son inevitables, como el paso del tiempo.

            Algo tiene la Semana Santa que me ha hecho volver a pulsar las teclas de la inspiración. Huelo a cera derretida, a incienso mezclado con aroma de alhelí,  a miel de pétalos de almendro. A muerte y resurrección. A vida aderezada con pasión y dolor. Huelo a perfume de exaltación del respeto y  la moderación. Huelo a diversidad de ánimas perdidas en el desierto de las multitudes.

            Y me quedan, en este lunes de pascua, pinceladas y retazos percibidos por la alerta de mis sentidos: nazarenos brotando entre la hierba, purple rain de prunos sobre el asfalto, zumbidos de avispas atrapadas entre el techo y el entarimado. Agua bendita cayendo por tu cabecita que huele a vida recién estrenada, unas santas inertes que nos consuelan desde lo alto, una avispa que pasa a mejor vida con la extrema unción del Libro de los Salmos.

            La luz entra tamizada por los ventanales. Se escucha la sonrisa, ya ni oímos el llanto cuando tropezamos contra el muro de las lamentaciones. ¿Deseos disfrazados de necesidades? Los escalones nivelan a varias generaciones. Las instantáneas nos dejan recuerdos para el mañana. La primavera brotando en los cerezos. Los almendros siguen perfumando con gotas de miel y rocío los entornos de mis recuerdos.

            Un grupo de niños, sangre de mi sangre, danzan alegres en la verde pradera de sus sueños. ¿Qué les depara el futuro? Un primer plano de mi destino bajo el peral florido y al fondo, mis retoños espigados. Una rama de peras en flor de tu mano y bajamos después el camino entre hileras de pinos y  álamos. Un día emotivo entre gente que amo. Unas horas que pasan demasiado rápido a la vez que se vuelven inolvidables, entre el viernes de Dolores y el domingo de ramos.



            Unos chavales procesionan en miniatura con sonidos de campanas de barro. Un guitarrista flamenco toca de oído todas las peticiones. Un romance anónimo. Una mirada de complacencia materna. Un quisiera detener el paso del tiempo esta noche. Una entrada triunfal de Jesús entre palmas, en un pueblo andaluz que hoy con su fe, emula a Jerusalén. Estreno un nuevo día.

            Y al comenzar la semana todos andan pidiendo escaleras para subir a la cruz en esta primavera del desidio. El gobierno pide ayuda al Cristo de los Desamparados  para salir de la crisis. ¡Qué Dios nos ampare!  Chirridos de los neumáticos tras embadurnarse de cera derretida que se estrelló contra el asfalto. Calles repletas de gente: gente que busca apoyo moral, económico, gente que derrocha apariencia, gente que regala egoísmo. Gente que se da golpes en el pecho con la mano abierta, gente que cierra el puño al desprendimiento. Gente auténtica, honesta. Gente de punta en blanco, gente pidiendo en el suelo. Gente que quiere salir del atolladero. Gente.

            Los medios de comunicación tergiversan la realidad. Hubo varias marchas por la dignidad. El futuro es indigno para los que no supieron arrimarse a la sombra del árbol que más cobija. Luces y sombras en el cielo y en la cristiandad. Pinto con mis palabras pinceladas de conciencia. No puedo cantar ni quiero, Machado, a ese Cristo del madero, sino al que anduvo en la mar.

            Si Jesús viviera hoy sería un indignado más. Se asombraría al ver que ahora le llevan en volandas los descendientes de los que antes de ayer le crucificaron. Se despojaría, sin duda alguna, de todos los sambenitos y las riquezas  que le han colgado, para repartirlo todo entre los más desfavorecidos. Caminaría sobre el mar para interponerse entre las vidas y el juego de hundir a nuestros hermanos. A los gobernantes les recordaría las palabras que un día dijeron sus labios, recogidas en el Evangelio según San Mateo: “El que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo el hijo del hombre no vino para que le sirvan sino para servir.” Desfallecería al comprobar que ni su palabra, ni el transcurso de más de dos mil años, han conseguido salvarnos. Sólo los pobres de espíritu hallarán el Reino de los Cielos. Cada vez hay más culpables libres, más inocentes condenados. Perdónalos Señor, aunque saben lo que hacen.

            Una silla transporta un nonagenario con ganas de vida, aunque hay instantes que no se siente ni de aquí ni de allá. Han recortado las ayudas para la dependencia. A veces cruzamos al otro barrio, pero por ahora, somos de los que volvemos. Cada día hay más jóvenes que han perdido la fe en sus mayores. Contemplamos unas manolas cuyo calvario son sus tacones. Una banda de música sudando su luto, en un día que podría disfrazarse de junio. Los costaleros se hacen selfies para la red social.  Un plenilunio de miércoles santo alumbra el Paseo de los Tristes al paso del Cristo de los Gitanos. Una mujer con mantilla ahoga las penas a este lado de la barra del bar. Una carrera hacia el Sacromonte, evitando la marabunta, nos lleva exhaustos a la puerta de la cueva de la Canastera. La amistad nos espera en lo más alto. Risas, fiesta de la pasión, vida. La noche huele a lilas, a incienso y al reflejo de la luna llena sobre la Alhambra en primavera. También a barbacoa en tiempo de cuaresma.




            La venta del Gallo guarda la voz de una saeta que se derrama al paso del cristo. Los gitanos sienten, aman, cantan, rezan... Viven y mantienen su sangre siempre a punto de hervir con el fuego del arte. El tiempo se para unos minutos, apenas se escuchan los latidos de la pasión. Las lágrimas brotan como efluvio de pétalos. Me emociono. La imagen de cristo crucificado con la Alhambra al fondo entre miles de personas, me hace creer que cada vez estamos más faltos de amor. Las miradas imploran al cielo. Hay gente descalza, hay bengalas, hay hogueras, hay renovaciones de almas, hay duelo...

            Es sábado santo. Más allá de la oscuridad resuenan los tambores que elevan a Santa María hacia la Alhambra. La música nos guía. Los cirios se intercalan con los teléfonos móviles. Una madre con un puñal clavado en el pecho atraviesa la Puerta del Vino. Los ojos del hijo, sin vida, entreabiertos.  Los capirotes morados apuntan al cielo nublado. Hoy, la penitencia de la luna, es menguar tras los tonos de grises. Procesión de almas que bajo su túnica ocultan rencores, envidias y anhelos de posesiones mientras sueñan en un sábado de gloria  convertirse en mejores. Personas en procesión. 



            Domingo de resurrección. La virgen cambia de color su manto. Se renueva el espíritu, brotan nuevas hojas del alma caduca. Pretendemos ser discípulos, pero tal vez continuaremos siendo los mismos tras este paréntesis de reflexión. Cuesta tanto el cambio si no nos enseñan a reciclarnos a diario, si no lo pretendemos en serio. Pero el cielo no espera en el juicio final. Archivamos la banda sonora de Ben Hur, aquella de romanos que tú, padre, hiciste grabar en la joya de mi recuerdo. Y nos disponemos a afrontar una nueva semana sin adjetivo, buscando nuevos gurús entre la gente corriente, maestros que tal vez tomaron el testigo de aquel iluminado que fue aquel Maestro de Maestros enviado en misión divina, cuyas enseñanzas un día sí y otro también, olvidamos. Y como Pedro, negamos la evidencia, que nos haría conseguir la paz interior y posteriormente, la eterna.

           Se llamaba Jesús y, a pesar de todo, creía en los hombres.

             


           

jueves, 6 de marzo de 2014

"Mi recapitulación sobre Granada: Al-Andalus: arte y culturas. El poder de la Alhambra"


   El 28 de febrero celebramos el día de Andalucía, topónimo que deviene de la castellanización del árabe Al-Andalus, que fue el territorio de la península ibérica que se halló bajo el gobierno islámico desde el año 711 al 1492. Hay otra tesis que sostiene que este nombre árabe deriva del griego Atlantis o del latín Atlanticum, por el nombre del océano que baña nuestra costa oeste. Siendo así, hoy no podía dejar de escribir sobre la importancia de los legados expuestos y conservados en los museos, y concretamente de lo que me ha impactado últimamente, porque hoy para mí Andalucía es un compendio de Al-Andalus.

   Ocho siglos no se pueden recoger en el abstract de una exposición, nos ha quedado mucho más de lo que podríamos contemplar tras los cristales de una vitrina. No hay más que hablar y las palabras aflorarán hacia nuestra cuerdas vocales, escribir hasta percibir la etimología de los vocablos. No hay más que mirar a nuestro alrededor y lo veremos reflejado en ciertos ojos almendrados que nos contemplan en cada recodo de nuestras ciudades. Pero hoy, precisamente hoy, las piezas en las vitrinas que contemplo y las explicaciones de sus textos, no podrían haber sido mejor escogidas.

   Comienzo en la primera sala, la marlota o jaique de Boabdil era de su ajuar la prenda que más llamaba mi atención. Es también la pieza estrella de esta exposición, con lo que, tras observar al pasar la jámula en la que le imaginé sentado y tomando decisiones trascendentales para el futuro del Reino, paso a admirarla. Me sorprende su amplitud. Se que el chico era más bien esbelto, pero se debería perder ante tal extensión de terciopelo carmesí, bordado en formas vegetales y con filos rematados en oro. Admiro su confección, los pespuntes son muy pequeños, apenas perceptibles y a través de la boca de una manga observo que va completamente forrada con tela color ocre. Una terminación propia de una modista al detalle. En el suelo de la vitrina, sus polainas y babuchas. Una vigilante de la exposición me observa de reojo mientras comparo el largo de mi bota con la suya. No me parece un calzado muy cómodo al no llevar suela. Observo el cinturón. A mi acompañante y a mí nos sorprende su fina terminación, lleva hasta un monedero incorporado... ¡y nosotros que pensábamos que lo habíamos inventado todo!

   Un tintero utilizado para albergar el líquido con el que esbozar la escritura, en sentido izquierda derecha, de aquellos manuscritos árabes que luego contemplo ensimismada. Quisiera que mi pluma se empapase con la tinta que en otro tiempo contuvo aquella joya de recipiente del saber. Muchos de los libros que observo han sido traídos desde Tetuán, ciudad adonde se dirigieron nuestros antepasados tras la expulsión del reino. Gracias a Alá se salvaron de la quema en plaza Bib-Rambla, donde ardió el conocimiento en 1502, junto al río del oro Dauro. Me gustan tus ojos, tal vez conservan el embrujo de los ojos moros... Creo que en otra vida viví tras las murallas alhambreñas, fue fascinante. Me apasiona mi pasado andalusí, me gusta ser granadina, agradezco haber recibido este legado: me pasaría las horas muertas escuchando las historias que me susurran al oído las paredes de la Alhambra.

   El estoque y la vaina de Boabdil, han sido esculpidos con una delicadeza exquisita, no puedo imaginar los cuerpos que habrá atravesado tal belleza, le tengo tan idealizado, que le veo incapaz de haber sesgado vidas en sus enfrentamientos hermanos o en los que mantenían contra las huestes cristianas. Arquetas de taracea en cuyo interior se depositaron preciosas joyas de las sultanas de la Alhambra y que perviven en las manos artesanas, esas que continúan encasillando piezas de nácar, madera y concha en la Cuesta de Gomérez de Granada, esas que siempre contemplo embobada tras dejar atrás el bosque de los cientos de especies arbóreas, que son el refugio de los pajarillos que trinan en los alrededores de la Alhambra. Un día adquiriré una mesa de ajedrez taraceada, con figuras que representen a los contrincantes de la Guerra de Granada.


   Estoy rodeada de vuestra cultura. Desde mi mesa de trabajo contemplo atauriques en las albanegas, frente a la alberca parecen no haber pasado los siglos. Mi mente es así, navega cual nenúfar entre las hojas lanceoladas de un sueño multirracial. Soy granadina y a mucha honra. No necesito los cuentos de la Alhambra para saber que vivo en un rincón privilegiado del mundo. Es un honor haber nacido en la frontera del Reino de Granada. Es una suerte vivir en el paraíso anhelado. Siempre he sostenido que en la diversidad está la riqueza.

   Observo el báculo de Cisneros, curiosamente lleva inscrito el lema nazarí “Alá es vencedor”. En la novela “El segundo hijo del mercader de sedas”, de Felipe Romero se repite hasta la saciedad “wa lā gāliba illā-llāh". He rozado  la linde de las emociones con esta lectura: rodó la lágrima, estalló la risa. Siempre ha habido un cóctel de culturas.
   Más de trescientas piezas traídas de los lugares dónde han sido hallados o dónde se custodian estos reductos del paso de la cultura árabe por la península. También han colaborado instituciones de las Islas Baleares, así cómo varios particulares. Tras las reconquista, el último reino nazarí, el Reino de Granada, formado por territorios de las actuales Jaén, Almería, Murcia, Málaga y Granada. Somos distintos a Andalucía occidental, distintos y aún así hermanos.  Ha pasado un milenio y seguimos empeñados en poner diques a los mundos que hemos enumerado. De poco nos sirve avanzar en capital, si perdemos los valores primordiales del ser humano.

   Ha llovido mucho desde 1492 y a pesar de todo, Granada sigue sitiada. Sitiada por la belleza que la rodea, por el desconocimiento de su valía y su potencial, por su falta de autoestima, por la dejadez de la Administración que no ha sabido valorarla en su justa medida. Granada sigue sitiada, porque los granadinos no sabemos valorar lo nuestro y seguimos esperando que nos reconquiste un príncipe de ojos azules venido de tierras lejanas. No Granada, no esperes nada mejor. Tienes vides que dan fruto dulce, tañen campanas en tus iglesias, almuecines  llaman a oración. El Realejo  alberga vestigios de judíos no errantes, la luna ilumina alegre el Paseo de los Tristes, las cuevas del Sacromonte se visten de flamenco pasión. Una guitarra española acompaña el paso del Cristo de los Gitanos, se oye una saeta: es miércoles santo.  Universidad de prestigio, puente entre continentes, cuna del saber, del conocimiento y de la investigación. Tienes la vega, el mejor producto de la tierra, sólo falta que la brisa del Mediterráneo avive en tí la llama del emprendimiento.  Tienes rincones que rezuman agua fresca en los pilares del tiempo, aquellos que se deshielan desde las altas cumbres de Sierra Nevada, Sulayr. Tienes dos ríos lorquianos que bajan de la nieve al trigo. Brotes de primavera, literatura, musicalidad en las noches de estío del Generalife. Suenas a integración, a pinceladas variopintas multicolor, a melífluos recitales de versos de amor. No eres nazarí, ni judía, ni cristiana: eres riqueza en las almas.  Sólo si te amas vencerás al paso del tiempo. Mírate en el río Genil reflejada y verás cuan hermosa eres Granada. Y ahora aún más si cabe, cuando en las entrañas de aquel palacio que Carlos V construyó para hacer la Sabika más cristiana, albergas los vestigios de una cultura que se instaló en tí y en la ibérica por los siglos de los siglos.

   ¡Ay de aquel que no venere a su padre y a su madre! ¡Ay de aquel que no entienda, que somos presente porque el camino del pasado que construyeron nuestros ancestros nos ha traído hasta este presente! No importa el Dios al que reces, no importa el idioma que hables, los reductos que dejarás serán los de tu buena obra y solamente la llevarás a cabo, si eliges el sendero correcto, el que el destino ha marcado para tí, iluminado con las antorchas de la luz que irradia tu corazón.

   Este legado estará expuesto en el Palacio de Carlos V hasta el penúltimo día de marzo y es una ocasión única que no deberíamos perder. Ha pasado un milenio, y somos los descendientes, somos los habitantes del Reino de Granada. Maktub.










martes, 18 de febrero de 2014

"Cupido, Venus y Psique: flechazos, amores y enamoramientos"

   Escribir sobre el amor... ¡ay, el amor! Escribir en el día de los enamorados... Decía Ortega y Gasset que "El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza." Es verdad, todos lo hemos comprobado en alguna ocasión.
El catorce de febrero de dos mil doce escribí:

“El Amor te sorprende cuando menos te lo esperas, escondido tras unos ojos que un día se cruzan en tu camino. Y comienza con un aleteo de mariposas en el estómago, un pálpito acelerado que ensancha el corazón con un suspiro, que es aire que sobra por alguien que te falta. Y si encuentra correspondencia el Amor crece hasta elevarte hasta el cielo, llevándote a rozar las nubes. El Amor no entiende de clases, ni de razas, prejuicios ni fronteras. No se atiene a las normas establecidas por los hombres, porque él es libre para surgir en los corazones que al azar elige. Se alimenta de ilusiones y sueños compartidos y trota como un caballo desbocado, indomable. Y como sublime y caprichoso que es, a veces te hace gozar y otras sufrir. Es el único sentimiento que escapa a las banalidades y se mantiene puro, incontrolable por la razón humana. ¿Quién puede o quiere vivir una vida sin amor? Yo no…”

   Dicen otros estudiosos que este estado de enamoramiento suele coincidir con los tres primeros años de una relación. Si se consigue superar, entraremos en siguiente fase, menos superficial, más profunda. Escribe también Gasset que "El amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz porque el amante ve cosas que el indiferente no ve y por eso ama." Estoy de acuerdo. Amamos mejor en tanto en cuánto más nos adentramos en el conocimiento de una persona. Si superada la primera fase en la que las virtudes son ensalzadas y los defectos ocultos a nuestra vista, y comenzando éstos a salir a flote, aún seguimos amando, definitivamente podemos afirmar que lo que sentimos es amor. Todos poseemos virtudes, todos tenemos defectos, la cuestión es, continuando con el mismo autor, “que encontremos a alguien que nos ame de tal manera que nos impulse a la perfección de nosotros mismos.”

   ¿Entonces quienes celebran el día de los enamorados, los que se hallan en la fase de enamoramiento o los que viven en la fase del amor? ¿Hay un día del desamor, ese que inspiró tantos poemas? ¿Por qué Cupido a veces se equivoca? ¿Será porque lleva los ojos vendados? El amor no es un camino de rosas: las rosas son bellísimas, aún así, poseen espinas... Es el principio del yin y el yang. En estos días ésto es lo que he escrito sobre este sentimiento: "Fue Cupido, ese niño desnudo y alado, el que disparó aquella flecha que al principio nos dejó anonadados. No dejemos que yerre en el intento de volver a atraparnos. Y con el paso de los años, he caído en la cuenta de que sólo me importa que tu cariño no esté en números rojos, que no nos pase factura el desencuentro de la convivencia, las palabras no dichas, las que nunca deberían haber salido de nuestros labios. Al principio primaba tener el nido bien hecho, ahora no me importa el desorden, si somos nosotros los que lo provocamos... Me importa que florezcan los besos, los abrazos, sobre la tierra bajo la que se hallan, ocultos tras obligaciones, facturas, hipotecas, electrodomésticos estropeados… El amor, como la amistad, hay que regarlo de continuo. No debemos dejar que la rutina gane el partido a la espontaneidad de los días. Porque el amor debe sorprendernos a diario."

   El año pasado volví a releer "El Arte de Amar" de Erich Fromm, una lectura obligatoria en mis años de instituto, asignatura de Filosofía. Apasionante en esta etapa de la vida disfrutar de un ensayo que en aquel tiempo no me llegó porque la juventud y el enamoramiento me nublaba, sin duda alguna, la razón. Y al libar esta obra, se quedó en la memoria esta frase de Fromm: "Mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar". . Ciertamente la madurez da una visión más calmada, más meditada de las relaciones, aunque mi corazón sigue siendo un locuaz apasionado de la vida, un aprendiz en el arte de amar. 

   Un día una amiga me dijo que si tuviese que regalar el catorce de febrero una rosa a todos aquellos a quienes ama, ciertamente, necesitaría un ramo. El día de los enamorados, el día del amor, de la amistad... Me encanta el rojo pasión, la canción de Lennon “Oh my love”, tu mensaje en mi WhatsApp, tu guiño, tu sonrisa, que compartas mis pensamientos escritos, tu "me gusta", tu apreciación... Mi fotografía adornada con tus palabras amigas... Me encanta querer a la gente y que ellos me impulsen a mi propia perfección. Esta es hoy, mi oda al AMOR.


Cupido y Psique, óleo de Jacopo Zucchi, 1589

miércoles, 5 de febrero de 2014

La Universidad de la Vida (Dedicado a mi abuelo, Fidel Rosillo Reolid (Puebla de Don Fadrique, 24/04/1912-04/02/1999)

             Curiosamente hoy no dejo de pensar en mi abuelo paterno, Fidel. También le recuerdo cada veinticuatro de enero, cuando, según me contaba él, salía la Santa Compaña, que él llamaba la procesión de las Ánimas, pasada la media noche, por las calles del pueblo con el mismo recorrido del Jueves Santo. Aún tenso la espalda, con los escalofríos del temor de la niñez, al recordarlo. Y al volver la mente una y otra vez a las experiencias compartidas con su persona, he caído en la cuenta de que hoy, hace quince años, nos dijo adiós mi abuelo, en un viaje de ida, sin vuelta. Su carro iba colmado con nuestro cariño.

            Es inquietante. He comprobado que vivimos en una constante carrera de relevos dentro de constelaciones familiares. Cuando yo llegué, fue mi bisabuela la que me pasó el testigo. Cuando llegó mi hija, fue mi abuelo. No llegó a conocerla. Cuando hablamos por teléfono, le dije que era muy bonita y que tenía el hoyuelo en la barbilla como él, como yo...





            Mi abuelo vino al mundo un veinticuatro de abril, el día de San Fidel, por eso le llamaron Fidel Luis. Sus padres se llamaban José y Margarita. Era el sexto de una familia más que extensa, ¡ocho hermanos! Sus nombres eran, de mayor a menor: Emiliana, Antonia, Indalecio, Elisa, Carlos, Fidel, Catalina y Alcántara. Un día me contó que a su abuelo Lorenzo le dijeron en una taberna "¡Qué lobo que eres!", al haberse bebido un chato de vino y haber escondido el vaso, dando entender que se lo había tragado también. Desde entonces le apodaron "El Lobo", y ese apodo se ha hecho extenso a toda la estirpe o "manada".

           Perdió a su joven mujer, Juana, y al tercer hijo que esperaban, en un parto malogrado. Enviudó demasiado pronto, quedando bajo su custodia un hijo y una hija de corta edad, amparados siempre por la protección de la abuela materna, que suplió en parte la insustituible figura de una madre. Casó en segundas nupcias con mi abuela Lucía, con quien tuvo a mi padre y a mi tía, y formaron también, como era habitual en aquellos tiempos, una familia numerosa.


            El esfuerzo siempre caminó de su mano. Se ganaba la vida como agricultor en sus propias tierras, en las que cultivaba almendros. Mi padre y mi tío le ayudaban. Mis tías  se ocupaban más de las tareas domésticas, ayudando a mi abuela. Ejercía también de carrero. Mi abuelo daba viajes de ida con su carro tirado por dos mulas, colmado de yeso blanco, cernido, desde la Puebla hasta Huéscar, ya que en la cercana localidad no lo había tan puro. Se lo compraba a los Algimiros o a Pepe Guillen, que eran yeseros. Los yesares de la Puebla están por la carretera de María (Almería), por encima del “Prao” Había muy buen yeso, que tenían que sacar con barrenas y luego cargar en un volquete para llevar al horno. Después, un mulo con un rodillo lo molía y dejaba fino. Había más yeseros en el pueblo, como Víctor González. Mi abuelo en su viaje de ida siempre llevó yeso. Mi padre le acompañó en muchas ocasiones. Me cuenta que se levantaban a las cinco de la mañana para llegar al mercado de los jueves de Huéscar a las diez. Le vendían el yeso a Andrés y a Felisa, un matrimonio apellidado de igual manera, González, por ser primos hermanos y yeseros oscenses. Ellos lo repartían a su vez por celemines a las mujeres, para blanquear las fachadas y el interior de las casas.  
- Ya vendemos menos yeso, que han “sacao” una cosa que se llama Blanco España. - Les dijo un día Felisa.


Después iban al mercado y compraban legumbres, frutas y verduras de temporada y volvían a cargar el carro para llevar de vuelta lo que no había en la Puebla.  Siempre traían doscientos o trecientos  de harina en sacos de cien kg., que se cargaba mi padre a los hombros desde los dieciocho años. El carro soportaba más de una tonelada. Y emprendían el viaje de vuelta hacia la Puebla.

            En aquel tiempo, dónde ahora está la cocina y el salón de la casa de la calle Hospital, dónde yo nací y viven mis padres, había un mostrador, que unas veces se usaba de taberna y otras de tienda, que en la mayoría de las ocasiones era de pago en especie. Fulanito cultivaba cereales, les llevaba, lo pesaban con la romana:
 
-          Tienes cinco duros de trigo... ¿Qué quieres?
-          Dame dos kilos de naranjas o dos litros de vino.

 Si traían una fanega se podían llevar abastecimiento para toda la semana.

 Mi abuelo daba también viajes a Jumilla por pipas de vino, que eran toneles de grandes dimensiones. Cargaba el carro con tres pipas, una en la bolsa, después de vaciarlo de yeso. Volvía a la Puebla y recibía a los vecinos en casa que le pedían:

-          ¡Dame una arroba de vino!

-          A mí échame una cuartilla, pero antes ponme un chato que lo pruebe.

            Entonces, tomaba una goma, se la colocaba a la boca del tonel y absorbiendo el aire, el vino salía camino de la garrafa. Eran otros tiempos. Tiempos duros y difíciles de posguerra, de la España en dictadura. Cada lugar intentaba autoabastecerse y no venía nada de fuera, por eso los vecinos esperaban siempre impacientes que llegaran los carros llenos de aquellos víveres, repartidos por buenos comerciantes que eran mis abuelos. También se desplazó mi abuelo, en más de una ocasión, a Santiago de la Espada (Jaén), que está a treinta y siete kilómetros del pueblo. De ida, como siempre, llevaba yeso y de vuelta, en este caso, leña de los pinares. Alguna vez que otra llegó a ir incluso a Cúllar, entonces volvía con una sera llena de plantón de tomate, al menos doscientos manojos, que luego vendían en el pueblo, siempre sacándole ganancias, por supuesto. En algunas ocasiones trajo aceituna de Hinojares (Jaén), un pueblo cercano a Cuevas del Campo (Granada).  En otras, pellejos de aceite, que eran pieles de cabra cosidas y vueltas del revés, por lo que el pelo quedaba  en el interior. Colgaban de los pellejos hasta las patas del animal, por necesidades de la época, convertido en recipiente. Curioso y un tanto raro.

            Siguieron dando viajes hasta el año 1962, pasaban mucho frío porque salían siempre antes de que despuntase el día. Mis recuerdos más lejanos de mis abuelos son de su casa en la calle Carnicería: una tienda, una báscula, un bote de cristal lleno de bolas de caramelos brillantes que yo siempre quería alcanzar… Unos tazones de leche, un televisor que era la novedad en el barrio, las matanzas, el olor de las especias, los bigudíes que ensortijaban el pelo de mi abuela… Las romerías en carro, juntos en familia, hacia el pie de la Sagra, a esperar a las patronas: las Santas Alodía y Nunilón.

            Gracias al tesón de mi abuelo por sacar adelante a su familia, mi padre nos transmitió que sin esfuerzo no se consigue nada.  Un día, un inspector, premió a un niño con un puñado de monedas por ser el mejor de la clase. Desde ese día comprendió, que, como dijo Ismail a su nieto Boabdil, “El conocimiento vale más que el dinero. El dinero lo puedes perder, te lo pueden robar… Nada ni nadie podrá jamás arrebatarte el saber acumulado en el bagaje de la vida." Gracias a ese niño, mi padre, gracias a su esfuerzo por sacar adelante a una familia numerosa, un día pude sentarme en un pupitre de la Universidad.  Gracias a mis mayores comprendí, que si uno quiere,  no se aprende en vano en la Universidad de la Vida.  










                       





           

martes, 21 de enero de 2014

"Vivir en dorado presente"

Esta mañana he intentado dar los pasos más largos para adelantar al segundero, pero ni por esas. Su caminar no espera.

Es 10 de enero. Hace dos días que he cumplido años, he consumido ya 23.652.000 minutos... ¡increíble! ¡He debido perder mucho el tiempo, porque pensaba que no había malgastado tanto! Y aún me quedan tantas cosas por hacer, tanto por cumplir... Es verdad que si le descuento el que he pasado descansando, es menor. Si le resto el que he vivido soñando, duele menos, claro, siempre que el sueño no fuese pesadilla. Si desquito el tiempo de trabajo, de estudio, sería más llevadero, porque algo he hecho, además dicen que el saber no ocupa lugar... Si resto el que he hecho ejercicio, la cifra adelgaza, porque he engañado a la edad cronológica. Si le desquito el tiempo que he amado, entonces, seguramente debería sumarle, porque es cuando más intensamente vivo. En definitiva, pienso que caminamos unas veces a contrarreloj y otras en tiempo de descuento.

El tiempo es una magnitud que mide la duración o la separación de acontecimientos sujetos a cambio. El hombre se dio cuenta hace mucho de que estamos en continuo movimiento. Con sólo mirar al Sol ya fue perceptible. Cambia la posición de los astros, las estrellas, los planetas, la luna que gira alrededor de este planeta nuestro. Cambiamos de aspecto. Crecen los animales, los niños, el cabello, nuestro conocimiento si aprovechamos bien el paso de las horas escuchando a los demás o leyendo. Se puede crecer cada día observando todo lo que sucede a nuestro alrededor, abriendo al despertar la mirada de nuestra niñez. Hay formas  muy melodiosas de matar el tiempo,  titularía Lapido. 

Es curioso cómo el hombre ha organizado el cambio de las estaciones, la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Yo podría asegurar que sería más feliz yendo a destiempo, pero por obligación, llevo su marcación caminando unas veces en mi muñeca, otras en una esfera que cuelga de mi cuello. El paso del tiempo hace que pasen los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, los lustros, las décadas, los siglos, el milenio del Reino de Granada... Tomamos las uvas, desde el excedente de 1909, a golpe de campanada de las doce de la medianoche del último día del año, treinta y uno de diciembre. A mí me parecen los minutos más largos del año, porque el que espera, desespera...
Aunque si lo pienso mejor, aunque no lo planificáramos, él siempre se nos echaría encima. Cuántas veces nos habría gustado que alguien querido nos dedique más parte de su tiempo, pero nos ha contestado: “Lo siento, no tengo tiempo”.”Sí, tienes tiempo de sobra, espero, lo que quizás es que no sepas repartirlo bien...”. Al final comprendes que está en su derecho y le dejas que siga gastando su tiempo con quien y con lo que más le apetezca. Ver telebasura me parece la más estúpida manera de perder el tiempo. Dedicar las horas a crear, sería para mí el tiempo mejor empleado. Por eso, he aprendido que no se debe interferir en el reparto de la vida de otra persona, no se debe mendigar tiempo ajeno.

Y vuelves al tuyo: este es mi tiempo hoy. Un día leí que la depresión son culpas del pasado y la ansiedad preocupación y anticipación del futuro. Lo ideal es vivir aquí y ahora. Este es mi presente y he decidido dedicarlo a escribir, y siempre que decido hacerlo siento que no es tiempo perdido, porque es entonces cuando consigo centrarme. Y ahora recuerdo lo que escribió nuestro Premio Nacional de Poesía 2012, Antonio Carvajal y reza en las palabras que circundan la esfera del reloj de la fachada del Ayuntamiento de la ciudad de la Alhambra: “Feliz quien ve sus horas en dorado presente”, yo diría quien vive.

Voy a aprovecharlo bien, todos sabemos, por descontado, que el tiempo no perdona...




jueves, 9 de enero de 2014

"Propósitos para Navidad"


Sonríe, se acerca la Navidad
envuelta en destellos de buenos deseos.
Sonríe al despedir el otoño,
cuando el viento desnuda los árboles
y los deja a merced del invierno.

Sonríe, si tienes abrazo y abrigo.
Nadie abriga a los desprotegidos,...
sólo el calor de la cercanía,
la empatía de los honestos.
El amor del hogar, si aún lo conservan.

Sonríe, se acerca la Navidad.
Ya oigo zambombas y villancicos.
Veo a los niños escribir sueños
en una carta a unos magos de Oriente,
que brillan tras la pantalla de Occidente.

Sonríe, ya está aquí la Navidad,
los excesos de unos son las necesidades de otros.
Y seguimos siendo polizones invisibles a los ojos de los tripulantes.
Puedes emborracharte, puedes helarte en las calles
bajo un tejado de cartón que tú mismo fabricaste.

Sonríe, es Navidad.
En este barco que sigue a la deriva
aún adornado de fulgores de luces y guirnaldas,
de esperanzas, de propósitos de buenas obras,
que tal vez nunca llevemos a cabo.

Porque es Navidad en los comercios.
En las calles, en tu casa, en la mía.
En el corazón en trizas de los deshauciados.
Es Navidad, se nota en los gestos
en la alegría del reencuentro, en el vacío de la ausencia.

Pero la Navidad sólo se puede sentir
con el corazón desprendido de pertenencias.
Con el alma del que da lo poco que tiene, al que tiene nada.
Es Nochebuena, que viene, que va...
y tú aún no te has ido, por eso sonríe, por eso sonrío.

Porque pronto es Navidad,
y si ellos no, tú sí que puedes darte cuenta,
de que rima con SOLIDARIDAD.

Granada, 16 de diciembre de 2013


lunes, 28 de octubre de 2013

"Fantasías animadas de ayer y hoy con dos rombos"


            Una imagen te puede teletransportar. Sólo con mirar ésta, vuelvo a aquellos maravillosos años de comienzos de los ochenta. Aquellos días de crudos inviernos, de sabañones, de jerséis de rombos y listas, de camisas de largos picos... Cuando comencé a coquetear y a revolver el baúl de la cámara de mi abuela y a  colocarme ropas de todos, de mi madre, de mi padre… ¡hasta un chaleco de mi abuelo! Aquellas tardes eternas de estío en las que solía hacer travesuras con mis dos hermanos varones y con mis primos, por el secano, corriendo por las calles del pueblo... Los dos campos en la plaza, la línea blanca, los primeros amigos... ¿Dónde quedaron aquellos felices y maravillosos años? Días en los que ni la prisa, ni el estrés, ni las responsabilidades mayores habían llegado aún a nuestra vida. Tiempos en que no dolía más que las heridas que nos hacíamos en las rodillas.

            Y al mirar la imagen de nuevo, veo a Mari Inés, aquella señora bajita que cuidaba la iglesia como si fuera su propia casa y que el Señor tenga en su gloria, diciéndome:

-        ¡Niña, deja de pintar y ayúdame a limpiar los bancos, que los planos de la iglesia ya están hechos desde hace años!

            Yo la miré, esbozando una sonrisa tras su ocurrencia, y repliqué:

           -        Estoy dibujando el retablo mayor para un concurso de pintura. Nos lo han dicho en la escuela.

             En realidad, el concurso lo organizaba la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada (ahí, con todas las letras) y el premio consistía en una cuenta que abrirían a nombre de cada premiado con un montante de ¡quinientas pesetas! Y para el ganador de ganadores: ¡mil!

            Yo, seguía mirando detenidamente cada recodo del retablo para después plasmar la imagen retenida,  minuciosamente, con el suave movimiento de mi mano y a través de aquel lápiz, a un esbozo sobre una lámina de un blog de dibujo. Fue entonces y solamente entonces, cuando tomé conciencia de la belleza y la dimensión del arte de aquel templo, en concreto de aquella  visión que tantas veces había contemplado mientras acompañaba a mi madre o a mi abuela a misa, o en el transcurso de las catequesis o de la solemne celebración de aquella conjunta  primera comunión. Allí sentada divagaba, mientras Mari Inés limpiaba sobre limpio. Siempre me ha transmitido paz el silencio que acaparan las bóvedas de un santuario.

            Luego, ya en casa, sentada al calor de la estufa de leña y con mis hermanos haciendo los deberes, mi hermana de dos años correteando y la más pequeña, casi recién nacida, en los brazos de mi madre, le dí color, esmero y perfección. Al estuco, al dorado, a los santos... El que siempre me pareció el semblante más bello e inocente - más tarde desbancado por San Juan -, por su policromado color pastel, el Dulce Nombre de Jesús, centrado y presidiendo mi reproducción del altar mayor. Curiosamente, de niños solemos dar rienda suelta a la imaginación -yo, afortunadamente, aún conservo un ápice de aquellos vuelos- y siempre vi la cabeza de un lobo en vez de la figura del arcángel San Gabriel, igual que imaginaba figuras monstruosas en el dibujo de las losetas del baño de casa o sombras chinescas espeluznantes que emergían de la llama de una vela. Cuando tenía fiebre, lo normal en mí era marearme con la espiral en movimiento que aparecía al comienzo de los dibujos animados, no recuerdo si eran del Pájaro Loco. Era peor que montarse en las voladoras de la feria de mi pueblo. Uno de mis hermanos veía un campo inmenso de pinchos, mucho peor y más puntiagudo, sin duda...

            Yo me propuse obtener el primer premio de aquel concurso de pintura y, como siempre he sido muy terca, lo conseguí. No recuerdo qué dibujaron mis hermanos, sólo sé que los tres mayores fuimos premiados. Y en el colegio decidieron llevarnos una tarde de otoño al cine San Miguel, para obsequiarnos con la proyección de dos películas y realizar la entrega de premios. En aquellos tiempos no había ninguna ley de protección al menor, supongo, o al menos a mi pueblo no había llegado por encontrarse, según los de la capital, donde “Cristo perdió el gorro”. Tampoco se comprobaba la calificación de los filmes, imagino, porque todos nos quedamos estupefactos al contemplar escenas más que violentas en una de las películas elegidas. Y es que, para contentar tanto a los de cinco, como a los de catorce, escogieron de primero, una de “Fantasías animadas de ayer y hoy” y  de segundo, el plato fuerte del menú: ¡sirviendo una de guerra! Nada menos que: ¡La cruz de hierro! Más de uno de los mayores,  nos habíamos quedado a dormir en casa de los abuelos para ver alguna de dos rombos, así, de extranjis; pero en el cine nos la ponían sin más calentamiento de cabeza que el del movimiento del operador de cabina al cambiar los rollos del proyector. ¡Vaya sorpresa!

            No he vuelto a ver aquella película, “Cross of iron”, ni siquera en versión original. La verdad es que a mi temprana edad de doce años, aprecié la maestría de aquel film ambientado en la 2ª Guerra Mundial y me gustaría volver a verla con la perspectiva,  in media res, que ofrece el transcurso de los años. Pero mi madurez obligada, al ser la mayor de cinco hermanos, me hizo ser consciente de que estaba muy lejos de ser la proyección apropiada para un grupo de menores de edad: armas, violencia, muerte... Aún conservo en la retina aquella escena en la que uno de los soldados obligaba a una chica a arrodillarse para hacerle una felación. Y después… ¡madre mía!, todos abrimos los ojos como platos al contemplarle sentado sobre sus gemelos, dando alaridos, mientras se sujetaba su entrepierna ensangrentada... ¡Te lo has ganado, asqueroso malnacido! - pensé mientras miraba de reojo la cara que ponía mi hermano pequeño- a la vez que intentaba, disimuladamente, taparle los ojos.

            ¡Qué bonita tarde de cine! ¡Qué película más educativa nos ofrecieron! Estoy segura de que, al igual que yo, todos la recordarán, los pequeños espero sinceramente que menos. Y yo, que había sido una niña buena perfilando santos con mis lápices de colores Alpino... Cuando somos niños estamos a merced de las selecciones que los adultos hacen para nosotros, y en ciertas ocasiones, sus errores nos obligan a madurar de repente. Todo por no elegir un término medio y cambiar, escenarios de inocencia y  candidez, y sonrisas animadas, por un premio final de violencia y guerra, ofrecida en gran pantalla y a la carta. Tal vez fue el sentido común y la lucidez adulta, la que programó abrirnos los ojos tempranamente, para que la verdad de la sociedad que nos esperaba, la que hemos apreciado al cambiar nuestros juegos y sueños por el desempeño de la realidad, no nos pillara por sorpresa. Y de postre, una imagen para la posteridad.

            ¡Ay, quién pudiese volver a ver pasar  la vida con aquella bendita inocencia! No dejemos escapar por el resquicio de la madurez la perspectiva que nos ofrecía la niñez no adulterada. Nunca, nunca agotemos del todo nuestros sueños…