lunes, 23 de abril de 2012

Un libro y una flor...

Querido amigo:

Hace años que nos conocemos, tantos que mis primeras palabras se echaron un pulso con la lectura de tus páginas. Has estado siempre ahí, nunca me has defraudado. Me has hecho reír, llorar, sentir, cantar, viajar en el tiempo. A través de la historia, también hacia mis adentros…

Me he emocionado contigo. He conocido lugares paradisíacos, que jamás había visionado en mi memoria viajera. Me has hecho enamorarme de los días soleados, de la gente, de los elfos. Me has rescatado de las sombras, convirtiendo los días lluviosos en tiempos perfectos.

No me pidas jamás que camine sola, ya no se hacerlo: necesito siempre de tu ejemplar abierto. Te has convertido en mi aliento, mi diario alimento.
Y hoy 23 de abril, sueño con el día en que tus líneas reflejen mis pensamientos, el corazón de tu portada lleve mi nombre impreso y tus renglones sean los de mi vida, derechos. Y hoy, en tu día, pienso en seguir compartiendo este efímero tiempo, para comprobar en la despedida, que ya nunca seré la misma, que mi alma engrandeciste al cerrar la tapa en piel de aquel encuentro…

Y te pido, que nunca dejes de cruzarte en las esquinas de mi vida: yo te rescataré del olvido de aquella fría estantería, tú me evadirás siempre de la superflua monotonía…


Ana Lourdes Rosillo. 23 de abril de 2012

martes, 24 de enero de 2012

PARA AURORA: LA ABUELA DE MIS HIJOS (1921-2012)

 

   Dicen que nadie se cruza en nuestro camino por azar, que todo está escrito en las delgadas líneas del destino. También dicen que cuando alguien con quien has compartido se va, se lleva algo de nosotros consigo, a su vez parte de esa persona queda en nuestro carácter, marcándonos en cierta manera.
Aurora llegó al mundo un caluroso día del mes de julio, recién comenzada la década de los años veinte. Abrió los ojos a la vida en su siempre querida Puebla de Don Fadrique, el pueblo con más señorío de la provincia de Granada. Su sino fue vivir en tiempos difíciles, de cambios: una restauración borbónica, la segunda república, una guerra, una dictadura, una posguerra y las miserias vitales que ello conlleva. Su lucha por la supervivencia diaria caminó siempre unida al papel encasillado de la mujer de aquella época, tan distinto al actual. Su carácter, fuerte por naturaleza, se fue endureciendo al intentar superar las trabas del día a día. A la vez su fortaleza fue en aumento, haciéndola salir airosa de cada situación.

   Si visualizo su juventud escucho sin duda el tango La Comparsita, acordes musicales emanando de un dorado y destemplado gramófono: ella me confesó que fue la banda sonora de su vida. Y la veo bailando entre jóvenes, inmersa en alegres tardes de guateque. Tardes añoradas de amigos, de amores, de bailes a media luz, de sueños, de cuándo llegará el día que me quieras... y me lo digas, con la voz de Carlos Gardel impregnando la estancia.

   En su primavera tardía, la tarea primordial fue cuidar de sus padres, por lo que aplazó el formar una familia propia, en pos de la entrega a su cuidado. Habiendo llamado el amor a la puerta de su casa, ya en la madurez, el 7 de mayo de 1961, contrajo nupcias y compartió las tareas del hogar, ahora con temporadas de arduo trabajo en el campo, ahora con la atención de sus ascendientes, esposo y retoños. Con el más pequeño de ellos comparto mis días,  y viendo el hombre cabal en el que se ha convertido, no me cabe duda de su buen hacer como madre y educadora.

   Y de ella hoy queda con nosotros su recuerdo, su forma de adaptarse a cada situación y a cada momento, su carácter luchador, su cariño hacia toda su familia, su defensa de los suyos... Los suyos, su hermana, sobrinos, primos, sus hijos y nietos que mantendrán viva su imagen, en el físico y en el carácter, porque parte de ella corre por sus venas. Y deja un esposo entregado en vida a su compaña y cuidado, un buen hombre, noble, íntegro... cincuenta años de convivencia no es poco. Como persona tenaz que ha sido, se ha aferrado a la vida hasta el último momento, sin dejar en ocasiones de esbozar una sonrisa, aún percibiendo claramente su inevitable ocaso corporal, siempre queriendo continuar el trayecto que le hacía compartir este tren de la vida con los suyos, en la casa del pueblo que la vio nacer, donde siempre habitó y en la que ha exhalado su último suspiro.

   En su cuidado ha tenido diariamente la infatigable asistencia de sus familiares más allegados y cercanos, de entregadas cuidadoras: siempre le gustó sentirse acompañada. Fueron muchas las personas que vinieron a su casa, ofreciendo su apoyo: sus primas, su cuñada, amigas, vecinos... Todo el personal sanitario que se ha desplazado. También la han asistido sus consejeros espirituales: las hermanas y el párroco de la villa; pues siendo ella creyente, sus visitas la han alegrado siempre, al llevar hasta su casa la figura de Dios. Mil gracias a todos por ser su bastión, mi enorme agradecimiento para con vosotros.

   Sí Aurora, queda con nosotros lo que nos has transmitido, las vivencias que hemos compartido contigo: alegrías de encuentros, de aniversarios de vida, de enlaces, de nacimientos...
Lo que nos has aportado en tertulias e instantáneas sepias rescatadas de tu baúl, siempre abierto, de los recuerdos. Algunas desavenencias, cómo no, sobre todo por la visión tan distinta de la realidad de la mujer cuyos cambios no acertabas a comprender, no en vano yo subí al tren casi medio siglo después que tú y la velocidad ha variado notablemente en mi época. Aún así, siempre el respeto y la empatía fue nuestra máxima, el intercambio de opiniones, el crecimiento mutuo... En cierta manera, creo que yo te hice ser más moderada y tú a mí más sosegada, más madura, a la vez que más documentada. Gracias.

   Guardo en mi pluma lo que me has aportado en largas conversaciones tras los cristales de la placeta de San Antón, que ahora quedará huérfana de tu presencia. Permaneces en nosotros, te sentiremos como el alba de cada nuevo día: en los gestos de tus hijos, en los avatares de tus nietos, en la mirada y el carácter de mi hija (tu nieta más pequeña), en cada rincón de la casa, en las calles de tu pueblo, que un día anduve del brazo contigo.

   Aurora, genio y figura... lleva contigo mi cariño, tú me has dejado mucho, lo más importante: el amor de mi vida y mis hijos, mis bienes más preciados.

   El cielo te espera, descansa en paz, te lo has ganado con creces.
 

sábado, 10 de septiembre de 2011

"ZAIDÍN ROCK: EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR". Por Ana Rosillo.

 
Noche de jueves, pasados ocho días del inicio de septiembre. El Zaidín vibra y se ilumina en su feria. A las diez comienza la música, preludio de una buena tanda de grupos y conciertos, que saludan a los jóvenes universitarios. Vuelven a nuestra Granada, con sus bártulos e ilusiones, a redecorar habitaciones de paredes blancas, vacías e impersonales, con sus señas de identidad y posters de sus grupos favoritos.

Vuelta de la playa, de las vacaciones estivales. Cuerpos bronceados y relajados rostros,iluminados todos por una luna plateada y achatada, que en unos días alcanzará su plenilunio.

Y la ciudad les recibe con el calor diurno del verano que da sus últimos coletazos, con el fresco que desciende nocturno desde Sierra Nevada a la Vega y ¡cómo no!, con unas jornadas festivas en su barrio más populoso, lleno de energía, de entrega vecinal y acordes musicales.

Nacido en 1983, por iniciativa de la Asociación Zaidín-Vergeles, los primeros en saltar al escenario fueron dos grupos de nuestra tierra: T.N.T. y Magic.

Poco a poco, año tras año, y con el buen hacer y constancia de los miembros de esta asociación y su “Comisión Rock”, el Festival se hace eco de grandes grupos y artistas consagrados a nivel nacional, sin desmejorar lo autóctono, que es bueno y mucho.

Y este año, en su XXXI edición, llegan a formar parte de su variado cartel un total de quince actuaciones, entre grupos locales noveles y otros en la cresta de la ola. Principal reclamo de esta edición han sido Loquillo, Mago de Oz y el grupo granadino Eskorzo.

Eskorzo, al que tuve el honor de ver actuar entre bambalinas, gracias a la invitación de Pepegu, bajista del grupo, hermano de mi amiga Montse, siendo una vivencia interesante y novedosa para mí. Desde esta cara oculta de la luna, encontré y saludé personalmente a cada uno de ellos y tomé conciencia de la gran profesionalidad de todos los que forman parte del entramado de un espectáculo musical: técnicos de sonido, montadores de escenario, transportistas de instrumentos, etc. Y finalmente, los que se presentan ante el público: los músicos.

Y los ví ensayando tras el atezado telón de fondo, mientras en la palestra tocaba el grupo que les precedía, cordobeses ellos: Los Aslándticos.

Pasaban más de tres horas de la media noche. El postre final espera su turno con tensión y ansia controlada: inmensas las ganas ya de entrega al público. “El que espera, desespera”… y comienza su actuación buscando el nexo total que lleve al disfrute en la madrugada rockera.

Y entremezclado, llegaba a mis oídos el sonido que unos, los que actúan, y otros, los que ensayan, consiguen hábilmente arrancar a sus instrumentos. Y mi hijo y su amigo Pablo no perdían detalle, atentos al máximo los sentidos...

Todo un descubrimiento para la que suscribe, a espaldas del gran escenario del Rock… pero sobre todo, la agradable sensación de encontrarme entre gente que ama la música por encima de todo y por ende, la cultura.

Sí, en arte escorzo es una figura, es la perspectiva oblicua al plano del movimiento… y eso es Eskorzo, puro y duro
movimiento, energía y brincos, que topan con los focos, allá en lo alto, emulando a las estrellas. Todo transmitido a su público, de una manera vigorosa y totalmente energizante, con letras ahora reivindicativas, más tarde poéticas y existenciales, en combinación perfecta con un amplio abanico instrumental. Todo un espectáculo musical.

Y quise ver, más tarde y con mis amigos, la actuación también desde el lado del público: “face to face”. Y encontré jóvenes y fieles fans, imitadores ellos, del aspecto y la forma de bailar de Tony, el solista; y bailarinas ellas, tarareando todas las letras al dedillo, inmersos en una embriagadora entrega, que les llevaba hasta la extenuación.

En este lado los sentí más artistas aún, iluminados por deslumbradores focos y luces multicolores, combinación perfecta de imagen y sonido, que los subía al pedestal del modelo a imitar. Y de este lado percibí la música más nítida y directa, mientras advertí que los fans buscaban en su último disco “Paraísos Artificiales”, donde evadirse de los problemas de esta sociedad en crisis y en "desevolución".
Y ellos y los demás grupos participantes, han conseguido que el espíritu amenazado del Festival, por sus problemas de financiación y de ubicuidad, en vez de desfallecer, haya crecido como lleva haciendo en cada nueva edición.

Desde esta platea en que me encuentro, espectadora entre multitudes, he de decir que las administraciones públicas deben colaborar, como vienen haciendo y a ser posible, con incremento, para que los jóvenes y no tan jóvenes disfrutemos de un ameno cultivo del alma. Buscando equilibrio entre obligación y devoción, se obtiene un mejor rendimiento en todos los niveles.

Y es importante que la cultura musical de una ciudad como la nuestra, donde proliferan las buenas bandas, no se hunda en las lagunas del olvido de las mentes que nos gobiernan. Y que no halle el talento y el esfuerzo diario del
artista, lejano el reconocimiento y vacías las alcancías públicas.

Primordial para la sociedad debe ser, que los jóvenes no tomen alcohol como plato principal, sin más acompañamiento enriquecedor del intelecto.

Tomen nota para ediciones venideras, porque los granadinos estamos con Queen y "El espectáculo debe continuar" como seña de identidad del Zaidín y por añadidura, de Granada.

domingo, 28 de agosto de 2011

"ALOHA SAN JOSÉ"

Aloha es la palabra hawaiana utilizada para saludar y bendecir a los visitantes, que se podría traducir aproximádamente como “belleza, paz, disfrute, o bienaventurado seas…” y nada mejor podría definir cómo me siento en San José, pequeño pueblo pesquero, actualmente reclamo turístico del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, en Almería.

“Verba volant scripta manent”, y “findes” como éste merecen plasmarse en papel, o en archivo word, para que los detalles no se pierdan en las lagunas del olvido.

El verano es mi estación preferida, los días son largos, el sol calienta con fuerza, su luz me transmite energía y vitalidad y las vivencias son variopintas, distantes de los días de otoño e invierno, tan semejantes unos a otros. Y si además, no hay que seguir estrictos horarios de trabajo, de clases, de actividades escolares, con las que los padres hacemos jornada de tarde de taxista… días en los que intentamos adelantar al minutero del reloj, para no llegar tarde a ningún lugar… pues eso es que estamos en época de ocio. Tiempo que vuela.

Y en esto que el verano, o mejor dicho, las vacaciones, de días pausados en los que dejamos aparcadas las prisas, toca a su fin… Y cada uno decide buscar la paz interior o la última imagen en la retina, en el lugar que se la transmite. Y yo quería volver a San José…

Este pequeño pueblo de la costa almeriense me cautivó hace unos diecisiete años, cuando unos amigos nos llevaron al Tau en una tenebrosa noche de tormenta. No recuerdo haberlo pasado peor bajo la lona de una tienda de campaña.

Pero, como tras la tempestad, viene la calma; al día siguiente escampó y apareció ante mis ojos un cielo añil límpido y un pueblo tranquilo, iluminado por el Sol, de playas de arena fina y clara, de mar lapislázuli de aguas cristalinas…

Y es allí, sólo allí, dónde me siento camaleón en la tierra y pez en el agua. Y sólo allí, siento que me fundo con la madre naturaleza y mi cabello toma prestada la luz de ese sol y mi piel se torna bronce, como la arena empapada de mar… Y sólo allí, espero las olas, para dejar que me acaricien y mezclarme en su espuma blanca… no hay mejor deporte que dejarse llevar por su vaivén.

Y han sido dos días intensos, acompañada por parte de mi extensa familia… quizás quería llevar a mis sobrinas a descubrir lo que mis hijos conocieron y disfrutaron en su día...

Llegamos a la hora del almuerzo y escogimos la ensenada de los Escullos, con sus dunas fósiles oolíticas. Formadas en el Cuaternario, son patrimonio geológico del litoral almeriense. Mientras Ángel rescata instantáneas, ahora en un entorno natural que se asemeja al paisaje lunar, más tarde en acantilados donde rompen las olas… Graciela, Ismael y Emma, se protegen bajo las sombrillas. Es nuestro turno para descubrir los alrededores.

Mi sobrina de seis años, la noble y preciosa Ariadna, tira del hilo que la sujeta a mi mano, queriéndose escapar de mi protección para correr tras sus aventureros primos, David y Elvira, que saltan sobre níveas y firmes dunas, colándose por grietas (casi grutas) allí donde el líquido Mare Nostrum penetra curioso.

Divisamos una bonita cala bajo El Chamán y decidimos invocar a los espíritus del bien, sumergiéndonos en las aguas que hasta ella llegan, con la fuerza y el ímpetu transmitidos desde las cercanas tierras africanas.

Y al atardecer, nos dirigimos a nuestro destino: San José, paraíso entre dunas y playas vírgenes: Mónsul, los Genoveses, la Cala de la Media Luna…

Nos saluda: “Aloha”, agua dulce de piscina para contrarrestar lo salado, “una de cal y otra de arena”. Salida nocturna, buscando el “pescaíto” del lugar a la plancha, que no consigue desbancar a la pizza en la mesa infantil. Estamos en el puerto deportivo. Descanso entreactos para dar un paseo con la más pequeña, mi sobrina Emma, de quince meses y doscientas revoluciones por minuto… De su mano rememoro la maternidad, mientras Graciela, su madre, termina de cenar.

Muñeca de rizos de oro, simpática como ella sola, saluda con un atento “Hola” a todo el que se encuentra o dice adiós con su mano rechoncha. Nadie se resiste, ni a su mirada de inmensos ojos verde ámbar, ni a su amplia sonrisa.

A lo lejos suena “You Can Leave Your Hat On” de Joe Cocker, banda sonora inolvidable de la película Nueve semanas y media. El sonido viene del Club Náutico… y como la bebé nos ha salido con ritmo, corre cual pollo de perdiz, en busca de la música que escuchan sus oídos. No mira atrás, sólo quiere unirse a la fiesta.

La rescato al pie del yate y cerca del Ferrari que nunca tendré, porque me vaticinaron que nunca me haré rica, está escrito en mi mano. No importa, mi mayor riqueza es la gente que me rodea.

Tras los postres, paseamos entre veleros y barcos deportivos, para después cambiarlos por un paseo entre puestos hippies, de originales artículos hechos a mano. Unas veces joyas, otras complementos de vestir; lo más raro y curioso: cuadros cual reloj de arena movediza de Cabo de Gata, entre cristales pintados… Todo ello amenizado por un dúo de músicos extranjeros, entrados en años, a los que mi hija quiere ofrecer una dádiva por regalarnos los oídos… Estoy en mi salsa.

Helado casero multitudinario en la plaza, paseo y descanso nocturno. Siempre me propongo ver amanecer un día de las vacaciones, pero este año no ha sido en la playa, sino en la montaña…

Aún no son las diez de la mañana y ya pica el sol. Bajo nuestro balcón, vocifera su mercancía el dueño de un furgón con excelentes frutas y verduras, crecidas bajo un mar de plástico que se ha ido extendiendo por la provincia, bebiendo de los acuíferos y creando huertos en tierra árida. La subsistencia nos deja un paisaje envasado en celofán.

Mercadillo variado en la rambla. Mañana de playa, cerveza fresquita y exquisita paella en el chiringuito.

Un velero ha encallado en las rocas en la parte derecha de la playa, empujado por el fuerte viento de levante... Todos miran las maniobras de remolque. Ángel bromea: - Al final deberán venir a rescatarlo con “Braguetas y corbatas”. Muchos lo sacarían a su manera, pero, a última hora de la tarde, el barco sigue en el mismo sitio, allí lo dejamos… Quizás con pleamar…

Vaciamos las bolsas de arena que impiden que nuestras sombrillas vuelen cual gaviota, nos despedimos de la playa, pero nos traemos arena en los bolsillos y en otros recovecos… gratuito recuerdo.

Miro por penúltima vez el horizonte marino, para fijar la imagen en mi mente y visualizarla cuando esté lejos, cuando busque paz…

Merienda cena dulce y salada, a gusto de consumidor. Mientras, la pequeña se entretiene y tararea con la música que suena en mi pequeño móvil. Mi hijo ha querido que los Beatles me avisen cuando tengo una llamada. ¡Anna!... me cantan…

Decimos adiós al pueblo costero y nos dirigimos al interior. Vuelta al hogar, vuelta a Granada. David quiere ir de copiloto y “pinchadiscos” de buena música que, a sus quince años, pretende hacernos descubrir. Aunque la mayoría de las veces rescata canciones de nuestra memoria, es cierto que muchas otras aprendemos de éste joven melómano, últimamente buscador de bandas sonoras de viajes…

Y así, con buena conducción y en la carretera, San José quedó unido en mi memoria estival dos mil once, a “Dust in the wind”, de Kansas… oportuna canción, arena en el viento… Desvío hacia Guadix, ya es noche cerrada, suena Bryan Adams “Everything I Do I Do It For You”… Al frente, tras el parabrisas, los rayos iluminan el cielo… tormenta más allá del desierto de Tabernas, allí dónde surgen los primeros árboles.

Acaricio el lacio y dorado pelo de mi bella mujercita. Jugamos, reímos, cantamos… quiere educar mi voz, como le enseñan en clases de coro, “a menudo los hijos se nos parecen”, como diría Serrat, pero muchas veces se aprende de ellos e indudablemente, nos superan.

Jornadas inolvidables, en buena sintonía.

Sí, Graciela, nos tatuaremos la letra A, unos con tinta y en el cuerpo; otros, con sangre y en el corazón, porque esa letra está en los nombres de todos nosotros y nos une de por vida.

¡Volveremos a San José…! Algún día…

Ana Rosillo
Granada, 28 de agosto de 2011        Un velero ha encallado en la playa...

viernes, 31 de agosto de 2007

“Yo también crucé el estrecho”

             Reminiscencia de mi memoria, como nacida en el antiguo Reino de Granada, algo de civilización árabe, de cruce de caminos  o de sangre, debo llevar en mis venas cuando tanto me atrae esta ancestral cultura.  Debo reconocer que como alma integradora y admiradora de los acordes y letra de "Contamíname", del cantautor canario Pedro Guerra, me he contaminado y lo sigo haciendo cada día, con lo bueno que cada pueblo me transmite, tomando prestado aquello que me hace sentir bien y crecer como persona.

          Aunque abrí los ojos a la vida en el pueblo más septentrional de la provincia de Granada,  señorial hasta en su mismo nombre: Puebla de Don Fadrique, impuesto por el  II Duque de Alba, de los Álvarez de Toledo, capitán general de las cruzadas de la cristiandad en épocas medievales, no entiendo de guerras santas superada ya la primera década del siglo XXI.

          Ha llovido mucho desde que el general Táriq pisara el actual Gibraltar, que desde entonces lleva su nombre.Ẏabal Tāriq (جبل طارق), o "montaña de Táriq", quien dirigió el desembarco en este lugar de las fuerzas del Califato en el año 711. A partir de ese momento, las luchas entre cristianos y musulmanes fueron el pan nuestro de cada día hasta el 2 de enero de 1492, fecha de la toma de Granada por los católicos reyes, Isabel y Fernando, estandartes de la cristiandad. Aparte de los continuos enfrentamientos, no podemos obviar los tiempos de convivencia, de paces pactadas, mudéjares, moriscos: ocho siglos de mezcla de culturas no es poco. La cultura islámica estuvo presente en nuestro país durante su época de mayor esplendor y nos guste o no, la historia es inalterable y está escrita para perdurar en el tiempo, para el conocimiento de generaciones venideras. No así el presente o el futuro. Uno se forja con las vivencias diarias, otro está escrito en las delgadas líneas del destino. Dicho esto, no podemos negar nuestra conexión con la cultura árabe, lo tenemos presente cada día: en nuestro idioma, nuestras tradiciones y costumbres, nuestro arte y cultura, sobre todo en Andalucía.

         Me gusta pasear por las calles de Granada. Por los aledaños de la Catedral, antigua mezquita mayor, el aire se impregna de aromas de plantas y me traslada al mercado de las especias de Estambul: los olores tienen esa cualidad, te hacen viajar al pasado. La Alcaicería, al-Kaysar-ia o “lugar del César” nombrada en honor al Emperador Justiniano, que permitió a los árabes fabricar y vender seda, nos transporta al Gran Bazar de antaño, que se extendía desde la Plaza Nueva hasta la plaza Bibrambla, centro de la medina. Sus calles me hablan de mercaderes, de sedas de Damasco, de incrustaciones minúsculas o taracea, de orfebres, de atuendos de danza del vientre, de farolas que te hacen ver la vida según del color del cristal con que se mire… La Madraza, en la calle Oficios, me habla de cultura, de intelecto, de ciencia, de etimología de palabras… El cercano Corral del Carbón es la única alhóndiga que se conserva en España desde la época nazarí. Toda Granada rezuma un cóctel de costumbres varias:  por algo huelo a alhelí en muchos de los zaguanes del barrio del Realejo de Granada, no es casual que el alfajor, el ajonjolí, el azafrán, formen parte de los olores de este reino de  confluencia de civilizaciones.

         La Alhambra me narra cuentos de las mil y una noches. Sus paredes me hablan de épocas de gloria, de sultanes, de reyes, de profetas,  de paseos interminables por los jardines del Generalife. Sus fuentes me susurran, cantarinas, palabras de amor escuchadas a través de los tiempos… Aquí, donde ahora suenan campanas, antes almuecines convocaron a la oración, cuando los campanarios eran alminares.

       Miro hacia Sulayr, la montaña que refleja el Sol, la Sierra Nevada. Sus plateadas cumbres dominan la ciudad y la arropan, embelleciéndola aún más si cabe. Su más alto pico, cenit de la península ibérica, me recuerda que allí yace, según la leyenda, el penúltimo rey nazarí de Granada: Muley Hacén, padre del rey desventurado. Cuentan que cansado de lo terrenal y de las banalidades de los hombres, dispuso que a su muerte lo enterrasen allá donde la montaña casi acaricia el cielo.

      Si dejo Granada para fundirme con las olas que arriban a la Costa Tropical, el Suspiro del Moro me recuerda el triste adiós de Boabdil a la ciudad paradisíaca que le vio nacer. Y por muchos años que viva, cada día podré descubrir un nuevo rincón en esta bella ciudad que tanto me fascina.

      Si rebobino los fotogramas de mi vida, me observo adolescente, en un ferry que me conduce desde Algeciras a pisar tierra africana por primera vez: Ceuta, cenit de la ilusión de un viaje de estudios por tierras de Al-Andalus. Y me visualizo en un puente entre civilizaciones, dominado por Hércules, nexo entre pueblos, religiones, culturas, países y continentes. Y si las aguas del Mediterráneo no rehúsan mezclarse con las del Atlántico: ¿por qué los hombres habríamos de ser reticentes al confluir de tradiciones y costumbres?
   
      En mi segundo paso del estrecho diviso delfines acompañando nuestro viaje. Alegran nuestra mirada con divertidas piruetas en el aire, nos hacen esbozar una espléndida sonrisa… ¡cuan entrañables son los animales, de los que nos queda tanto por aprender! En el instante preciso que observo embobada la blanca estela que deja nuestro paso,  me vienen tristes pensamientos de las vidas de los hermanos que han dejado su aliento en estas aguas, almas que ahogaron sus sueños en la búsqueda de un mejor destino. Pusimos vallas al monte y fronteras al mar; los delfines, afortunadamente, no necesitan pasaporte. Y miro a un lado, luego al otro, y no entiendo de gentes de primera o de tercera, sólo veo montañas, mares y seres humanos, perfectos en lo corporal, pero  tan imperfectos en moralidad, que no deja de asombrarme la inexistente puesta en práctica de los valores impuestos a sangre y espada por las religiones.  Y en nuestro navegar, sigo sin percibir una línea divisoria entre lo desarrollado o subdesarrollado, entre Europa y África. Sólo veo un paisaje precioso, un cerúleo cielo  y un sol que nace, brilla y calienta diariamente para todos.

      Es el último día de agosto. Al llegar a la frontera encontramos varias filas de coches que vuelven a la vieja Europa, trabajadores de papeles reglados que vuelven en vacaciones al reencuentro con sus orígenes, a pasar unos días con los suyos, tal como hacemos todos en estos  días estivales. Otros se cruzan en  sentido contrario: es el vaivén migratorio de miles y miles de personas que anualmente pasa el Estrecho de Gibraltar. Traen sus bacas atestadas de enseres para sus familiares: muebles, ropas, alimentos… ellos no compran caros perfumes que se evaporan en el ambiente. La belleza de la humildad habita en sus brillantes ojos, en sus blancas sonrisas. El consumismo no les ha envenenado aún el alma.

     Nuestro barco atraca en el puerto de Ceuta, ciudad autónoma. Nos disponemos a cruzar la frontera mientras observo cómo decenas de porteadores, con sus bultos ocultos en oscuros fardos, cruzan desde la ciudad hasta el país vecino: Marruecos. Y esquivan la línea divisoria surcando los cerros contiguos. Hay bastantes mujeres, algunas de cierta edad. Portan para ganarse el pan de cada día, mientras nosotros les observamos a través del cristal opaco del desconocimiento, salvando distancias. Nos dirigimos a Tetuán. Circulamos en autobús junto a la costa. Me parece raro ver a los hombres bañándose en la playa, con atuendo “europeo”, mientras sus mujeres visten largas y oscuras túnicas que sólo deja entrever la belleza de sus ojos. Respeto sus tradiciones, pero no admito sus hábitos de desigualdad impuesta por ellos y por obligación de Alá, consentida:  no la comparto, para nada. Nadie me podrá privar nunca de sentir los rayos del sol estivales sobre mi piel  desnuda, nadie pondrá jamás barreras a mi libertad.

      La ciudad se sitúa a cuarenta y dos kilómetros de Ceuta. En el camino compruebo cómo la burbuja inmobiliaria de nuestro país ha crecido tanto que ha extendido su pompa hasta estas vecinas tierras. “La paloma blanca” nos recibe engalanada de estancia vacacional del rey de Marruecos, Mohamed VI. Es casi mediodía cuando iniciamos nuestra ruta turística por la medina. El acceso a la misma se realiza por una de sus siete puertas labradas, entre las que destacan Bab Sebta, cerca del romántico cementerio judío y Bab Oqla, que da al Museo de Artes Marroquíes. Su atractivo nos cautiva, deambulando por sus calles estrechas, impregnadas de olores y colores, llegamos a desembocar en plazuelas que rebosan encanto. En cada calle encontramos un gremio de artesanos: bordadores, curtidores, tintoreros, tejedores… La medina además, cuenta con varias mezquitas, sin duda la más bella es la de Sidi Es-Said, cuyo minarete está adornado con azulejos. Sus calles vierten aromas frutales por doquier, mezclados con  olores de pasteles morunos.  En Tetuán el movimiento de los ojos se acentúa en la búsqueda de los colores vivos de los frutos de las fértiles tierras cercanas. En esta ciudad viven muchos de los descendientes musulmanes de los granadinos que marcharon del último Reino Nazarí de la península ibérica,  que aún recuerdan el paraíso añorado, emociones de tiempos pasados transmitidas de generación en generación.

     Si la ciudad en la que vivo, Granada, es la  más árabe de nuestro país, Tetuán es la ciudad más española de Marruecos. Sus habitantes más mayores siguen hablando un castellano medieval, los rótulos de los comercios nos recuerdan que fue la capital del “protectorado” español entre 1913 y 1956.  Así lo observo en la antigua farmacia que visitamos: fórmulas magistrales y  remedios ancestrales para la curación se guardan entre las paredes de este dispensario, custodiadas en antiguos tarros de cerámica. Los olores de las esencias apaciguan el alma, nos ofrecen el elixir de la relajación. Quiero traerme las variopintas vivencias y todo lo que perciben mis sentidos de la manera más natural, guardadas en un pequeño tarro de cristal, después lo abriré en mi “civilizado y desarrollado mundo”, donde la química está desbancando a la curación que nos brinda la sabia naturaleza.

      Para el almuerzo nos reciben en una antigua casa de comidas, donde unos músicos vestidos con originales atuendos marroquíes, amenizan la degustación de platos y dulces típicos. Todos nos sentimos agasajados por el buen recibimiento. Converso con un camarero sobre la receta de los “cordiales” que elabora mi madre en época navideña, sin duda, algún antepasado suyo se la transmitió antes a los míos, los ingredientes son claramente característicos de la repostería árabe: almendra, azúcar, patata, huevo. Al terminar dejamos buena propina sobre el mantel, como es costumbre por estos lares. Junto a nuestra mesa hay un balcón que da a un pequeño jardín, me asomo curiosa para contemplarlo, pero lo encuentro muy descuidado. La arquitectura se asemeja a la que sus antepasados nos dejaron en Granada, pero sin esa grandeza palaciega.  Estamos en el centro de Tetuán. Los artistas, con sus coloridos instrumentos, continúan creando  música llena de melodía y ritmo, cuando terminan de tocar, pido a uno de ellos que preste a mi hijo un laúd árabe para retratarlo. El músico no duda en prestarle también su tarbuch rojo.

       Mi pequeña rubita se acerca a una chica que tatúa con alheña o henna. Quiere adornar su bracito y mano con dibujos que imitan flores y plantas. Ella desconoce que va a ser tatuada con un tinte natural que se utiliza desde la Edad de Bronce, cuando las mujeres, siempre coquetas, lo usaban para teñir su pelo, su piel, sus uñas. También sus ropajes: los cueros de los animales, la seda, la lana. La henna tiene un color rojizo. Se emplea como tinte natural para el pelo y además se usa en una técnica de coloración de la piel llamada mehandi. Se hace con la hoja seca y el pecíolo de Lawsonia alba. Este tinte es de uso común en India, Pakistán, Irán, Yemen, Oriente Medio y África del norte.


       Pagamos a la chica su trabajo, damos propina a los músicos y nos despedimos de todos amablemente para continuar nuestra visita por la ciudad.


        En la plaza de Mulay el Mehdi nos sorprenden los aguadores, con sus túnicas rojas y sus sombreros de borlas de colores, que caen sobre su frente. Llevan colgados los cuencos con los que ofrecen agua a los turistas y también una campanilla, para llamar la atención de su presencia. Oficio que se conserva desde antaño, permanece hoy en día más como atracción turística.

       Nos dirigimos hacia la plaza de Hassan II, donde se encuentra el Palacio del Califa, construido en el siglo XVII por Mulay Ismail y que actualmente es el Palacio Real o Dar el Makhzen. Esta plaza une la ciudad moderna con la medina. A nuestro paso, en los alrededores del Palacio nos encontramos con una vigilancia excelsa: el rey Mohamed VI se encuentra dentro de las dependencias. El contraste de la riqueza y pulcritud del entorno con el resto de la ciudad se hace más que evidente.

     Y ya entrada la tarde, con el sol descendiendo, decimos hasta siempre a Tetuán. Allá dejamos volando “la blanca paloma” del reencuentro con parte de nuestras costumbres, del acercamiento con las gentes que aún hablan nuestra castellana lengua, detenida en el tiempo de un adiós, aquella transmitida de generación en generación, por los judíos sefardíes expulsados en el siglo XV. Nuestros vecinos de Marruecos acogieron también a los andalusíes descendientes de aquellos que, con su  inteligencia, ciencia, arte y buen hacer, hicieron posible que nuestros ojos un día descubrieran y admiraran las maravillas y los secretos que esconde la Alhambra.